Hoja Parroquial

Domingo 28 – B | Los ricos y el Reino de Dios | IQC2021

Domingo, 10 de octubre del 2021

No es problema de mandamientos

mandamientos

Claro que no. Seguir a Jesús no es cuestión de ley, tampoco de cumplir mandamientos. El seguimiento de Jesús es problema de una persona. Y eso es todo.

El joven que se le acerca había cumplido los mandamientos, todos. Y no por eso era bueno. Estaba en regla con todo lo mandado e impuesto por la ley. Y todo eso no era suficiente para ser bueno, le faltaba lo fundamental: una persona.

Era fiel a la ley y a los mandamientos, pero no había una persona, la de Jesús, que llenase su corazón. El seguimiento que Jesús nos pide no es el listado de nuestros mandamientos, sino si somos capaces de aceparle a Él como norma y como criterio de vida.

Se puede cumplir los mandamientos y seguir siendo un rico con el corazón apegado a las cosas que tiene.
Se puede cumplir los mandamientos sin que se modifiquen nuestras relaciones de posesión con las cosas.

El seguimiento de Jesús implica:
Cambiar las cosas por Jesús.
Cambiar la ley por la persona de Jesús.
Cambiar los mandamientos por la fidelidad a la persona de Jesús.

Podemos cumplir todos los mandamientos; sin embargo, quedarnos a la mitad del camino e incluso echar marcha atrás en el seguimiento de la fe.

Podemos ser buenos cumpliendo fielmente todas las leyes y luego ser incapaces de decirle sí a la persona de Jesús. Por eso mismo, los caminos de la fe no debieran comenzar por aprender de memoria los mandamientos y la ley entera, sino por descubrir la persona de Jesús. Los mandamientos sin Jesús son puro legalismo. Jesús sin los mandamientos, o como base de los mandamientos, es principio de vida.

La figura de este joven del Evangelio nos deja muy clara una cosa: con los mandamientos no tenemos suficiente para comenzar el camino del Evangelio. Con los mandamientos nuestro corazón no da para seguir de verdad a Jesús. Esto por algo bien simple: este joven cumplidor de los mandamientos podía seguir con el corazón hecho todo un almacén de bienes. Mientras que decirle sí a Jesús, comienza por vaciar el corazón de todo ese mundo de cosas que llevamos dentro. Los mandamientos no siempre implican conversión. Seguir a Jesús requiere el cambio radical del corazón.

La ley mocha los ideales

la ley

Los ideales están siempre abiertos. Cuanto uno más asciende a la montaña, más horizonte descubre y cuando ha llegado a la cima descubre a lo lejos cimas mayores. Por eso, todo ideal grande es siempre un camino, un camino que sigue siempre más adelante. Nunca terminamos de andarlo. Un ideal se prende de otro más elevado. De tal modo que la vida termina siendo una cadena infinita de ideales.

En cambio, la ley mocha los ideales. La ley marca normalmente las metas. Llegados aquí, hemos cumplido. Nos podemos dar por satisfechos. Ya podemos estar tranquilos. “Yo no robo, yo no mato, yo no…, yo no…, yo no…”. Las metas, en el Evangelio, son siempre tan lejanas y tal elevadas que nunca se descubre el final. Por eso mismo, vivir de las exigencias del Evangelio es vivir, no tanto de preceptos, cuanto de “invitaciones”. El Evangelio no marca metas, se hace invitación. La invitación no suele ser a cosas concretas, sino son invitaciones siempre de camino abierto. “Ven y sígueme”. ¿Adónde? Tú sígueme. Tú camina. Tú arriésgate. Tú aventúrate. No te marques metas pequeñas, tampoco inmediatas. El Evangelio no es invitación para celebrar “llegadas”, sino para celebrar “caminos”.

Por eso mismo el Evangelio es siempre “buena noticia”, pero no tanto la buena noticia del que “ya llegó”, sino la buena noticia del “aún queda camino por delante”. El Evangelio nos sitúa siempre en actitud de esperanza. Esperanza de lo que queda por andar, esperanza de lo que resta de caminar. La esperanza de lo que aún no logramos divisar.

La pedagogía de la fe

pedagogía

De ordinario, todos hemos comenzado por aprender de memoria los Mandamientos y todas las prohibiciones éticas y morales que hay en el camino. Es decir, nuestra fe ha comenzado más por el “no hagas” que por el “este es el camino”.

Una experiencia nos ha acompañado a lo largo de la vida. Nuestro examen de conciencia ha sido siempre un examen de los Mandamientos. Incluso en los Devocionarios que andan por ahí y nos proponen el examen de conciencia vemos que son todo un recorrido detallado sobre cada uno de los mandamientos. Cuando nos confesamos recorremos, de ordinario, los mandamientos. Pero ¿alguna vez nos examinamos de qué significa la persona de Jesús en nuestro corazón? ¿Alguna vez nos acusamos de no estar enamorados de Jesús? ¿De no sentir a Jesús como el centro y valor fundamental de nuestra fe?

La pedagogía de la fe tendría que invertir el camino. Tendremos que aprender los Mandamientos, pero antes necesitamos conocer a Jesús, sentir a Jesús como lo más maravilloso, experimentar a Jesús como nuestra mejor riqueza. Sólo entonces podremos encontrarnos con los mandamientos como elementos de apoyo y ayuda.

La primera experiencia de la fe, cuando niños, no debiera ser “lo que no debemos hacer”, sino la presentación de la figura y la persona de Jesús. Nuestra primera experiencia de oración debiera ser también una experiencia de Jesús. El resto vendrá luego.

Los caminos de la fe son los caminos de Jesús mismo. “Ven y sígueme”. Seremos verdaderos cristianos en la medida en que la persona de Jesús nos atraiga, nos ilusiones, nos fascine hasta condicionar todo el resto de nuestros comportamientos. Con nuestro proceso educativo, tanto en la familia, como en la Catequesis o en los Centros Educativos, ¿estaremos formando súbditos y cumplidores de la ley, o estaremos formando “seguidores de Jesús?”.

No digamos que quien cumple los mandamientos terminará siguiendo a Jesús. El Evangelio de hoy nos dice todo lo contrario. Alguien cumplió los mandamientos desde niño, pero fue incapaz de seguir luego a Jesús.

¿Jóvenes con “marcha atrás” o en “retroceso”?

jóvenes

El texto de Marcos es curioso y detallista. Primero dice que Jesús “miró con cariño” a este joven que soñaba con algo diferente, pero de inmediato nos dice que, el joven “se marchó pesaroso”.

Jesús descubre en él muchas posibilidades, hasta es posible que Jesús se hiciese ilusiones con él. Por eso le hace la invitación fundamental del Evangelio: “Sígueme”.

Hay demasiada gente que es buena, y eso nadie puede negarlo, pero incapaz de mirar más allá de las obligaciones cumplidas. Gente buena, pero que no tiene talla para ser algo más que buena. Para el Evangelio la meta del creyente no es ser simplemente “bueno”. La meta del Evangelio es Jesús, es el seguimiento de Jesús. Jesús no vino para que seamos “gente buena”. Jesús vino para algo más, para abrirnos nuevos horizontes, nuevas perspectivas. Podemos ser “gente buena” y retirarnos apesadumbrados, con un corazón vacío, y con un espíritu apagado. “Gente buena”, pero que en vez de caminar “avanzando hacia delante”, prefiere “caminar en retroceso”. “Se marchó”.

Mientras tanto las ilusiones de Jesús terminan en desilusiones. La mirada de cariño, termina en una mirada triste, de pena, por ver que tanta ilusión comienza a marchitarse.

A nuestros jóvenes no debiéramos enseñarles a ser “buenos”, sino a abrirse a la mirada de Jesús, abrirse a las esperanzas de Dios, a abrirse a los retos y desafíos de la fe. No los enfundemos en la “camisa de la simple bondad de la ley”, sino que abramos sus corazones a la generosidad de la gracia, a la valentía del riesgo, a sentirse cada día insatisfechos y buscadores de nuevos horizontes. Es posible que estos jóvenes sean más difíciles luego de manejar, pero serán jóvenes que caminan siempre hacia delante y nunca mirando hacia atrás. Nuestros carros tienen una “marcha atrás”, pero varias marchas hacia delante. El retroceso es sólo para determinadas situaciones. Las marchas normales son para caminar hacia delante.

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