Hoja Parroquial

Domingo 20 – A | Eucaristía y Asunción

Domingo, 20 de agosto del 2020

Eucaristía y Asunción de María

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La Asunción es el misterio por el cual Dios eleva a María al cielo en cuerpo y alma. ¿Y qué es la Eucaristía sino la promesa de Jesús de la nueva vida divina en el cielo? “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna”.

Comulgar es sembrar semillas de eternidad en nuestras vidas. De tal modo que la eternidad no es algo que tengamos que esperar, sino algo que ya ha comenzado en nosotros. Una eternidad que todavía no ha florecido, pero que ya está en semilla en nuestro corazón. Una eternidad que solo espera que el grano se corrompa en la tierra para que brote en tallo y frutos de eternidad.

María llevaba la eternidad en su corazón porque la máxima comunión que ha tenido lugar en la historia ha sido el sí de la Encarnación. Si el pan de la Eucaristía es ya semilla de eternidad, el Jesús encarnado en su seno es ya la eternidad misma.

El cristiano no está condenado a la muerte, sino condenado a la vida. El cristiano vive en el tiempo, pero sentenciado a la eternidad. La eternidad ya está creciendo dentro de nosotros hasta la eclosión definitiva en eso que llamamos muerte y que Dios llama “dormirse” o, como dice la liturgia, “llamada”.

Esperar la muerte es para el cristiano estar esperando el despertarse o, mejor aún, para el cristiano la muerte es estar esperando la llamada.

Hombres invisibles

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¿Recuerdas la película de James Whale, “El Hombre invisible”? El científico Jack Griffin había logrado una droga que permitía lograr la invisibilidad de las personas. Pues ahora no se trata de una película. Ahora se trata de algo muy real a decir de Mons. Stanislaw Rylko, presidente emérito del Pontificio Consejo para los Laicos, que definió al cristiano de hoy como una “identidad clara y firme” para hacer frente a “quienes quieren hacernos invisibles porque somos incómodos”, “tener la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad”, “tener un sentido de pertenencia eclesial”.

Tres características importantes. Tal vez la primera sea la fundamental.

La sociedad quiere hacer “invisible” hoy a la Iglesia. Quiere hacer “invisible” al seglar hoy. Quiere hacer “invisible” al sacerdote y al religioso hoy.

La mejor manera de hacernos invisibles es que renunciemos a “nuestra identidad”, que seamos como todos, que no tengamos luz propia. Hasta los colores se distinguen por su propia luz. La blanca no es la luz amarilla, ni la luz de verde es la luz del rojo.

Cuando todos tenemos la misma luz, somos iguales.
Cuando todos estamos metidos en la oscuridad, no vemos a nadie.
Cuando todos somos igualitos, tampoco se distingue a las personas.

Lo importante es tener luz propia. Pero una luz propia que nos viene de la propia identidad.  Donde todos somos como todos “nadie” es “alguien”. Comenzamos a incomodar, a molestar en la sociedad cuando somos cada uno lo que somos. Entonces se nos ve, se nos identifica. Comenzamos a no molestar a nadie cuando todos somos como todos.

Tener la audacia de una presencia. Tener el coraje y la audacia de que los demás me identifiquen. Tener la audacia de identificarme a mí mismo en medio de los hombres.

No esconderme. Mostrarme, que me vean y que sepan que estoy. Que sepan que tengo algo nuevo que decir. Que sepan que tengo algo distinto que hacer. A la vez, sentir mi pertenencia eclesial. No soy un disgregado. Soy un agregado. No soy un independiente, sino alguien que pertenece a alguien. Nuestro punto de referencia será siempre la Iglesia. Ella es y nosotros somos en ella y con ella.  (C.S.)

¿Orar para que Dios nos ame?

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Dios nos puede amarnos más de lo que nos ama. “No hay mayor amor que el que entrega sus vida por sus amigos”. Y Dios ya entregó a su Hijo por nosotros. Por tanto, no puede amarnos de lo que ya nos ha amado y nos sigue amando.

Mejor que orar para que Dios nos ame, sería orar para que nosotros creamos en ese amor y comencemos a amarle más a Él. Dios no aumentará más su amor, pero nosotros sí podemos aumentar el nuestro para con Él.

En la oración no tratamos de convencerle de que nos ame, sino para que nosotros podamos experimentar y creer más en ese su amor. Un amor que precisamente se ahonda y profundiza en el encuentro y contacto con Él en la oración.

No olvidemos que la oración nunca va a cambiar a Dios, pero sí nos puede cambiar constantemente a nosotros y a nuestra relación con Él.

La oración debe brotar de nuestra fe, nuestra confianza y nuestro amor. Pero es orando, conde mejor ejercitamos nuestra fe, nuestra confianza y nuestro amor. Los efectos de la oración están más en nosotros que en Dios.

¿Darle a conocer nuestras necesidades? “Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo”.

¿Cambiar su voluntad? Él nos dijo que al orar digamos: “Hágase tu voluntad”.

¿Cambiar su actitud para con nosotros? Dios nunca nos ha dado la espalda, aunque demasiadas Él ha tenido que ver la nuestra.

Mira a las estrellas

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No mires abajo.
Mira siempre hacia arriba.
No mires al suelo.
Mira siempre al cielo.

No te fijes en los pequeños.
Mira siempre a los que pueden ser modelos.
No te fijes en los que son como todos.
Mira siempre a los que son diferentes.
No te fijes en los que nunca soñaron.
Mira a los que viven de sueños.
No te fijes en los que se arrastran.
Mira a los que vuelan.

No te fijes en los que caminan como los ríos.
Mira a las cascadas que los alimentan.
No te fijes en los que sólo sueñan dormidos.
Mira a los que sueñan despiertos.
No te fijes en los que siempre dicen no.
Mira a los que siempre dicen sí.
No te fijes en los que siempre juegan a lo seguro.
Mira a los que apuestan en la vida.
No te fijes en los que solo creen en lo que ven.
Mira a los ven más allá de lo que ven.
No te fijes en los que sólo creen en lo que tocan con sus manos.
Mira a los que creen los sueños de su espíritu.
No te fijes en el barro de la tierra.
Mira el brillo de las estrellas.

No te fijes en ti mismo.
Mira la belleza de María.
No te fijes en tus seguridades.
Mira el riesgo del sí de María.
No te fijes en lo que eres.
Mira lo que Dios puede hacer en ti.

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