Hoja Parroquial

Domingo 17 – A | Fe y Eucaristía

26 de julio del 2020

La Alegría de Creer

Eucaristía

La fe es una oferta y un don que Dios te hace. Pero, de tu parte, creer es una opción. Una decisión que tienes que hacer en tu vida. Y una decisión no impuesta desde afuera, sino fruto de algo que te nace de dentro. Y es una decisión gozosa. Una fe arrastrada, no es verdadera fe. Una fe que nace de una obligación tampoco es verdadera fe. La auténtica fe tiene que brotar en ti como una especie de grito de admiración.

“Y lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. Porque creer es descubrir la fe como un tesoro. Es descubrir a Dios como lo más maravilloso. Es descubrir el rostro de Jesús como lo más bello. Es descubrir el Evangelio como la mejor de las noticias.

Es decir, la fe nace y brota cuando hacemos el descubrimiento de Dios. Brota no de la oscuridad y la indecisión, sino de haber descubierto algo maravilloso y estupendo en tu vida. Es encontrar un tesoro. ¡Cuántas aventuras en busca de tesoros! ¡Cuántos tesoros que no existen y que sin embargo han arrastrado infinidad de vidas que los buscaban!

Jesús quiere dejarnos claras dos cosas. Por una parte, la fe implica una renuncia a lo que teníamos y éramos. Pero a la vez, quiere destacar que se trata de una renuncia que no duele, que no cuesta. Porque, no es renunciar por nada. Es renunciar a lo poco por lo mucho. Es renunciar a lo pequeño por lo grande. Es renunciar a lo que vale poco por lo que vale mucho.

Pero en ese proceso de fe, Jesús trata de hacernos ver que, para renunciar antes hay que descubrir. “Hay que descubrir el tesoro”. Dios no puede ser una cosa más entre las cosas. Ni un valor entre los demás valores. Es necesario reconocerlo como el valor que está por encima del resto de valores. Como el don que está por encima de los demás dones. De ahí que el problema de la fe no es una mentalidad moralista del “no hagas”, sino la oferta de unos valores capaces de sacarnos de nosotros mismos. Y entonces, el creer no es una resignación, sino la verdadera alegría de la vida.

El proceso de evangelización y catequesis no puede ser el miedo, ni la prohibición, sino la oferta, el descubrimiento de algo más interesante. El camino de la fe no es el camino del “no”, sino el camino del “sí”. Sí a la vida. Sí a Dios. Sí al Evangelio.

La Eucaristía como banquete

Eucaristía

Hemos valorado, relativamente bien la Eucaristía como presencia del Resucitado, como comunión con él, pero creo que una de sus deficiencias es sentir y experimentar y vivir la Eucaristía como “comida, banquete”.

“La Eucaristía nació la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual.  Por tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite. “Tomad y comed”. Tomó luego una copa y se las dio diciendo: “Bebed de ella todos” (Mt 26,26-27). Este aspecto expresa muy bien la relación de comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que nosotros mismos debemos desarrollar recíprocamente”. (MND n. 14)

Se aborda aquí uno de los temas centrales de la celebración de la Misa. Se la ve mucho en un plano lineal: fieles – Jesús. Pero se la vive muchos menos en un plazo horizontal: hermano – hermano. Es decir, entendemos la Misa como relación de comunión nuestra con Jesús y de Jesús con nosotros. Pero ya no tenemos tan clara la idea que además tiene que darse la comunión de la fraternidad.

La Eucaristía se instituyó en el marco de una cena, un banquete. El banquete, el compartir juntos la comida era un pacto de amistad. Un pacto de paz y de amistosa relación. Lo cual, de alguna manera nos está diciendo que, celebrar la Eucaristía implica una doble comunión:

La comunión con Jesús y la comunión con los demás fieles mis hermanos. La comunión con Jesús que prescinda de la comunión con los demás deja truncado el sentido de la Misa.

Dicho de otra manera: La eucaristía, la Misa, es comunión con Jesús, pero es también comunión eclesial. La Iglesia nace precisamente de la Eucaristía. Se expresa en la Eucaristía. Y se hace y crece en la Eucaristía. De ahí que como nos dice La Constitución de Liturgia es en la Misa donde se expresa la íntima naturaleza de la Iglesia. La Misa no es solo para salvarnos nosotros mismos, sino también para hacernos más Iglesia.

¿Cómo expresar mejor este sentido de comunión eclesial? ¿Tendremos que seguir saliendo de la Misa sin sentir y sin expresar esta comunión? ¡Estaríamos traicionando el sentido dce banquete de la Misa!

¿El Cristianismo es un aguafiestas?

Cristiano

Tristemente muchos lo ven así. Y lo ven así, porque nosotros lo hemos presentado así. Lo hemos presentado como la “religión del no”. No hagas esto. No hagas aquello. Prohibido esto. Prohibido aquello otro. Todos conocemos mejor el no que el sí de nuestra fe. Todos conocemos mejor lo que está prohibido que lo que está permitido. Todos conocemos mejor los caminos prohibidos que los caminos que nos llevan a la aventura de la fe.

La culpa no es del cristianismo, sino de los cristianos. La culpa no es de la fe, sino de los creyentes. La culpa no es del Evangelio, sino de quienes a título de Evangelio nos consideramos “maestros del no” más que los “maestros del sí”.

La fe que Jesús nos propone es la “fe del sí”. El cristianismo que Jesús nos ofrece es “el cristianismo del sí”. Pero somos nosotros los que tenemos “miedo al sí”. Miedo a que si anunciamos demasiado el sí, luego nos desmandemos. Lo mejor es atar a todo el mundo con el no y la prohibición.

Para Jesús la fe y el seguimiento no son un no, sino un gozoso sí a la novedad que hemos reconocido y descubierto. Fe, seguimiento, Evangelio y Jesús son “un tesoro”, son una “perla preciosa” capaces de deslumbrarnos con su belleza.

El cristianismo es preciso entenderlo como “la fiesta del encuentro”, la “fiesta de los tesoros”, la “fiesta de las perlas preciosas”. La “fiesta del campo” que hay que comprarlo a como dé lugar. Para Jesús el primer paso es “descubrir un tesoro”. Y el segundo paso es “vender con alegría todo, renunciar con alegría a todo”, para poder hacernos con el tesoro. Renunciamos a todo, menos al tesoro. Lo vendemos todo, pero no vendemos la “la perla preciosa”.

La pedagogía de la Fe

Fe

No hables tanto de Dios. Habla de Dios como Padre.
No hables tanto de Dios todopoderoso. Habla de Dios amor.
No hables tanto de Dios que condena.  Habla de Dios que salva.
No hables tanto de Dios que se enfada. Habla de Dios que sonríe.
No hables tanto de Dios que castiga. Habla de Dios que regala.
No hables tanto de Dios que se ofende. Habla de Dios que perdona.

No hables tanto de que puedes condenarte. Habla más bien de Dios que te ha salvado.
No hables tanto del infierno. Habla más de la belleza del cielo.
No hables tanto del pecado. Habla más de la belleza de la gracia.
No hables tanto del egoísmo. Habla más de la generosidad.
No hables tanto de los pecadores. Habla más de los santos.

Por la sencilla razón de que sentir a Dios en ti, implica: saber:
que más importante es la gracia que el pecado.
que más importante es el corazón de Dios que nuestro corazón.
que más importante es un santo que mil pecadores.
que más importante es el amor, y la generosidad que el odio y la tacañería.

Es el ideal el que levanta el corazón.
Es la belleza la que despierta la admiración.
Es la gracia la que nos hace santos.

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