Hoja Parroquial

Domingo 31 – A | Fiesta de los Santos

Domingo 1° de noviembre

La fiesta de todos nosotros

todos los santos

El culto a los santos viene desde la primitiva Iglesia. Ocuparon un lugar central, en primer lugar, los mártires. Sólo a partir del siglo XI la Iglesia comenzó a celebrar la fiesta de los santos mártires o no. Finalmente, en nuestros días hemos comenzado a celebrar la fiesta de la “santidad anónima”, la santidad de “santos desconocidos”. Un poco como esos monumentos que suelen encontrarse en las ciudades donde siempre arde una tea encendida y dos soldados de guardia, es el monumento al “soldado desconocido”, al que nunca llevó posiblemente galones ni medallas al mérito, pero que dio su vida por la patria.

Nos fijamos mucho en ciertos santos porque la devoción popular los ha hecho milagrosos. No es tanto para recordar su santidad, sino porque Santa Rita es abogada de los imposibles, porque San Judas Tadeo tiene un poder especial para que ganes dinero o encuentres trabajo, y hasta circulan por ahí cadenas de oraciones que, ¡mucho cuidado! porque si no sacas no sé cuantas copias se te puede incendiar la casa o puedes romperte la crisma.

Los santos no son una especie de “Gamarra Espiritual”, donde todo se consigue más barato. Los santos son modelos que debieran animarnos a nosotros a ser cada día mejores. Los Santos necesitan hacer milagros para ser canonizados, pero antes es preciso declarar la “heroicidad de sus virtudes”, sin este primer paso no hay camino por delante.

Hoy celebramos a los primeros testigos de la fe, los mártires de todos los tiempos. Celebramos a esos cristianos que han vivido heroicamente su fe y la Iglesia los ha puesto en el altar. Además, celebramos también la santidad de esos otros santos que, en vez de estar en el altar, están sentados en las bancas de la Iglesia. Hombres y mujeres que cada día están sembrando bondad, generosidad, servicialidad y amor por los caminos de la vida. Es posible que nunca lleguen a los altares, pero son los “santos de las bancas de la Iglesia” que miran a los que están en el altar y se saludan mutuamente.

Celebramos la santidad del Pueblo de Dios. Una santidad sin el brillo de los milagros, pero con el brillo de la gracia en sus corazones, con el brillo de su amor y su sonrisa en el alma. Por eso, hoy es la fiesta de todos porque todos formamos esa “familia de los santos” en la Iglesia. Es posible que nadie nos rece un Padre nuestro, pero con nuestras vidas daremos gloria a Dios y glorificaremos su nombre.

Conmemoración de los difuntos

día de difuntos

No me gusta el título porque la liturgia no celebra a los muertos, sino a los vivos. Digamos Día de los que han muerto, pero siguen vivos. Por eso, perdonen si hiero sus sentimientos, no me gustan los cementerios.

La mañana de Pascua las mujeres fueron también al cementerio. Fuero al sepulcro. Y, a pesar del susto que se llevaron, el sepulcro estaba vacío. Los sepulcros son lugares donde colocamos a los muertos, pero los muertos tienen vida. Allí dejarán que se corrompan sus cuerpos, pero ellos ya no están allí. Ellos viven.

Dios es un Dios de vivos. Jesús nos regala la vida eterna. Por eso, los que han muerto, no están muertos, sino que viven.

Jesús no estaba en sepulcro, porque estaba vacío. Jesús se paseaba por el jardín. A Jesús no lo vieron en el sepulcro. A Jesús lo vieron y escucharon en el jardín.

Es normal que recordemos a nuestros seres queridos que un día despedimos en el cementerio. Hoy serán muchos los que vayan a visitarlos, pero les va a suceder lo que a las mujeres en la Pascua. Se van encontrar con el sepulcro vacío, porque esos seres queridos, que un día despedidos, siguen vivos. Vivos no en el sepulcro, sino en Dios. También Jesús pasó por la experiencia del sepulcro, pero a los tres días lo dejó vacío, porque la vida no cabe en una tumba, la Resurrección nos saca del sepulcro para que vivamos en y con Dios. “Padre, este es mi deseo, que aquellos que me diste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste antes de la creación del mundo, porque me amabas”.

Espero que cuantos hoy visitan los sepulcros de sus seres queridos, aviven su fe y sientan la alegría de que ya no están ahí, sino que viven, han resucitado. Los difuntos pueden ser un grato recuerdo de cuando estuvieron con nosotros. Pero hoy tienen que ser una llamada de quienes nos esperan en el cielo. ¿Por qué poner en las tumbas: “Aquí yace…”? Yo prefiero que en la mía pongan aquí le sepultamos, pero él yace donde está Jesús contemplando su propia gloria en el cielo.

No, no lo han “robado” como pensaban las piadosas mujeres. Él salió por su cuenta. Dios lo resucitó. Yo llamaría a los Cementerios, lugares no de muertos, sino lugares de resurrección. Por eso hoy recordemos a nuestros seres queridos, no con el dolor de la muerte, sino con la alegría de vida en Dios.

¿Miedo a morir?

día de muertos

Hasta cierto punto es lógico. Todos tenemos, tal vez el único instinto de verdad, el deseo de vivir. Como lo que hay al otro lado de la muerte resulta un misterio de fe, es normal que nos resistamos a morir. Son muchos los que hoy afirman que el único instinto real que tenemos es el de la vida. Por eso nos aferramos a ella.

El mismo Jesús, en su agonía sintió el miedo y la angustia de la muerte porque también amaba la vida. No por miedo a dejar de vivir, sino por la dolorosa experiencia que significaría para Él el morir crucificado.

Hay muchos momentos en la vida en la que tenemos que morir.
Tenemos que morir al niño que fuimos.
Tenemos que morir al adolescente que fuimos.
Tenemos que morir al joven que fuimos.
Tenemos que morir al soltero que fuimos.

Pero, claro, sabemos que el niño muere a su niñez porque quiere ser adolescente, y el adolescente quiere ser joven y el joven quiere ser adulto. Es decir, aquí morimos con la esperanza de ser más.

¿Por qué no morimos con la misma esperanza de que nuestra vida no termina, sino que se transforma? La muerte solo tiene sentido para nosotros cuando la nueva vida en Dios se transforma en nuestra gran esperanza porque entonces la vida es como un largo noviazgo con Dios con el que celebramos nuestras bodas eternas en la muerte. Porque, ¿acaso la muerte no es una auténtica boda de amor con Dios? Si lográsemos ver así la muerte dejaríamos de tenerle miedo e incluso se convertiría en el gran anhelo de nuestra vida. Para morir con alegría es preciso que antes sintamos auténticas ganas e ilusiones de encontrarnos con Dios. Para esto es necesaria una gran fe y una gran experiencia de Dios.

Silencio

muerte y resurrección

Cuando tú te quedes muda,
cuando yo me quede ciego,
nos quedarán las manos
y el silencio.

Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos quedarán los labios
y el silencio.

Cuando tú te quedes muerta,
cuando yo me quede muerto,
tendrán que enterrarnos juntos
y en silencio;

y cuando tú resucites,
cuando yo viva de nuevo,
nos volveremos a amar
en silencio.

Y cuando todo se acabe
por siempre en el universo,
será un silencio de amor
el silencio.
Andrés Eloy Blanco

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