Hoja Parroquial

Domingo 24 – C | Fiesta en cielo

Domingo, 11 de setiembre del 2022

El Dios de la teodocia y el de la revelación

entender a Dios

Uno de mis problemas cuando estudiaba teodicea consistía en que me resultaba difícil entender a Dios. Por una parte, se me decía en la vida espiritual que cuando pecaba entristecía a Dios. Pero luego, en la Teodicea se me insistía en que Dios era tan, tan perfecto que era prácticamente inmutable. Que Dios no cambiaba de cara por más que temblase la tierra y que sonreír, era una imperfección para Dios. Alegrarse era una imperfección en Dios. Que lo perfecto de Dios era tener siempre el mismo rostro, la misma cara. Sin un cambio para nada. Eso sí, luego mis directores espirituales cuando no me portaba bien, me hacían sentir mal, porque entristecía el corazón de Dios. Mientras tanto, yo me hacía un lío. Se entristecía, pero no me decían que cuando me portaba bien, cuando cambiaba mi corazón para mejor, Dios se sonreía y se alegraba y se daba un bailetón en el cielo. No. Eso era una tremenda imperfección para Dios.

Luego me di cuenta de algo. Que cuando Dios me quería decir algo de sí mismo, me decía que se alegraba, se reía y hacía fiesta. Al fin, eché al tacho mis conocimientos de teodicea y comencé a creer que la verdad estaba en la Biblia. No en lo que me decían los hombres de Él, sino en lo que Él me decía de sí mismo y comencé a comprender a Dios, pero no desde la seriedad de la teodicea, sino desde el capítulo quince de Lucas.

Dios hacía fiesta por una oveja extraviada y que era recuperada en el monte. Y comencé a sentir rabia por aquellas estampitas en las que siempre se presentaba a la pobre ovejita enredada entre zarzas. Y descubrí que Dios hacía fiesta cuando la vieja del barrio encontraba su monedita perdida. Y descubrí a Dios cuando lo pude ver esperando al hijo perdido que regresaba y armaba la jarana de “Cristo es Dios”, con música, baile y ternera asada.

Recién entonces creo que entendí a Dios. Al menos, recién entonces sentí gusto por Dios porque lo descubrí como alguien sensible. Alguien a quien le duele el hijo extraviado y le encanta la oveja encontrada en el monte. Alguien a quien soy capaz de entristecerlo, pero también de causarle un infarto de alegría, por mis retornos a Él.

Y tomé conciencia de que en el cielo también hay fiestas, que no todos los días son de semana, que también allí se celebra y que yo era capaz de armar jarana en el cielo. Hasta ahí llegaban mis posibilidades. “La misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”. No me pongas mala cara. Eso lo dice Jesús y a Él sí le creo.

Descubrir a Dios como fiesta

Dios es fiesta

A Dios lo hemos sentido como juez, nos lo han presentado como juez. Pero ¡qué poco nos dicho de Dios como alegría, como fiesta, como banquete!

De ahí que nos cueste tanto el sentirnos perdonados de verdad y nos sea tan difícil reconocer la sonrisa de Dios. “Así habrá más alegría por un solo pecador que se convierta que, por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Pero tengo la impresión de que estos justos no son capaces de arrancarle una sonrisa a Dios porque siguen empeñados en privarme de mi alegría de “convertido”. ¡Como que les duele que Dios celebre y haga fiesta por mi conversión!

Cuando me encuentro con esas caras amargadas de los buenos, acudo al Salmo (103-102) y leo: “El que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias… te corona de amor y de ternura…”, “no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga conforme a nuestras culpas…”, “como se alzan los cielos por encima de la tierra, como distan el oriente del ocaso, aleja de nosotros nuestras culpas”.

No me digas que Dios conserva en un libro tus pecados. Cuando me convierto, mis pecados quedan tan lejos de su corazón como el “cielo y la tierra”, como “el oriente y el ocaso”. Es decir, están tan lejos que es imposible volver a verlos.

¿Te convences ahora de que cuando Dios perdona tus pecados los ahoga en la borrachera de su amor y de su felicidad? Por favor, que nadie me vuelva a recordar lo que Dios perdonó y por lo cual hizo fiesta en el cielo. 

Demasiados relojes y poco tiempo

tiempo

“Ustedes tienen relojes, pero nosotros tenemos el tiempo” fue lo que contestó un indio a un occidental europeo.

Ustedes tienen relojes para medir el tiempo.
Pero nosotros tenemos el tiempo.
Ustedes miden el tiempo.
Nosotros lo vivimos.
Ustedes miden y cronometran el tiempo.
Nosotros vivimos el tiempo.

Creo que hay aquí una gran verdad. Nosotros no podemos vivir sin el reloj en la muñeca. No sabemos vivir si no es preguntándonos constantemente la hora.

Los orientales no pierden el tiempo mirando la hora. Ellos detienen el tiempo. Al no usar el reloj no están pendientes de la hora, sencillamente viven cada momento, cada instante.

Como tenemos cronómetros vivimos siempre preguntándonos qué hora es, pero no vemos el tiempo como tal.

En vez de mirar tanto al reloj, ¿no sería mejor guardar silencio y vivir gozosamente el momento que nos toca vivir?  ¿De qué nos sirve la hora, si no es más que para cambiar de actividades? La hora de entrada. Lo que falta para salir. La hora de salir. Mientras tanto, sólo esperamos a que pase el tiempo.

La peor frase en relación al tiempo es, ¿qué haces? ¡Matar el tiempo! Para nosotros, el tiempo es algo que no sabemos cómo ocuparlo, cómo vivirlo, cómo llenarlo. Nuestro tiempo es reloj y no precisamente vida. Nos cuesta llenarlo. Nos cansamos. Nos aburrimos. Nos desesperamos o nos quejamos de que todo suceda tan rápido.

¿No pudiéramos liberarnos de los relojes y nos dedicásemos más a vivir el tiempo y en el tiempo? El tiempo como gracia. El tiempo como espacio para darnos cuenta de vivimos.

No me grites

el amor

Vi a dos que se gritaban.
¿Por qué se gritarán?
¿Por qué se dirán las cosas como si estuviesen lejos?

Allí están dos enamorados.
Parecen estar callados.
Sin embargo, se están diciendo sus cosas.
Se las dicen en silencio.
Y las escuchan, en silencio.
Que para quienes se aman no hacen falta los gritos.
Les basta el silencio.
Porque ellos se hablan con los ojos.
Se dicen sus cuitas con la mirada.
En el silencio.

Los que se aman siempre están cerca.
Los que se aman se escuchan en silencio.
Los que se aman no necesitan gritarse.
Los que se aman no se hablan a gritos.
Porque su amor los acerca.
Porque su amor los une.
Porque su amor acorta las distancias entre los dos.

Los que no se aman están alejados.
Los que no se aman están a distancia.
Por eso necesitan decirse las cosas a gritos.
Necesitan decírselas a voces.

Si ves que alguien habla a gritos, ten por seguro que
O es sordo, y está enfadado.
Si ves que alguien habla bajito, pegado al oído, ten por seguro,
Que escucha muy bien y está de muy buen humor.
Si ves que dos se levantan la voz, puedes tener por seguro
Que no se aman.
Si ves que dos se hablan sin que nadie les escuche,
Puedes estar seguro que son dos amantes.

El decir las cosas casi en silencio
Es un signo de amor y de amistad.
El decirlas gritando es signo de enemistad.
Están cerca el uno del otro,
Pero sus corazones están lejos el uno del otro.
Por eso creen que necesitan hablarse a gritos para escucharse.

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