Hoja Parroquial

Domingo 30 – A | Hombre y Dios

Domingo, 29 de octubre del 2023

No tengo tiempo

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Vivimos la época de los relojes, pero de los hombres “sin tiempo”. A poco que entremos en una conversación, es infaltable el comentario sobre el tiempo. Y hay una coincidencia casi absoluta. “No tengo tiempo”.

¿Será cierto que no tenemos tiempo? Pero si todo el mundo se queja de que no tiene trabajo. Entonces ¿qué hacemos para no tener tiempo?

Veamos un poco:
El perezoso nunca tiene tiempo. Siempre está ocupado en no hacer nada.
El egoísta nunca tiene tiempo para los demás. Todo su tiempo es para él.
El orgulloso nunca tiene tiempo para los otros. El no pierde el tiempo en tonterías.

Sin embargo:
El que ama siempre tiene tiempo para él y para los demás.
El que ama tiene todo el tiempo del mundo, porque dedicar su tiempo a los demás es también amar.
El que ama siempre tiene tiempo, porque su corazón está siempre libre para todos.
El que ama siempre tiene tiempo, porque los otros siempre son importantes.

Y curioso: Dios siempre tiene tiempo, y lo tiene para todos.
La mayor oficina de la historia es la oficina del corazón de Dios.
¿Y te has dado cuenta de que Dios no tiene secretarias?
A Dios nadie le pasa las llamadas porque siempre responde Él mismo en persona.

Dios tampoco tiene esa maquinita que llaman “contestadora automática”.
Dios no tiene horarios de oficina. Todas las horas del día son laborables, horas de trabajo.
Dios nunca nos manda volver mañana. Todo lo firma en el momento.
Dios no tiene ni vacaciones ni fines de semana largos ni cortos.

Dios atiende siempre personalmente a cada uno porque cada uno es lo más importante para Él.
No hace falta preguntarle cuándo puede recibirte porque su respuesta es: “Ahora mismo”.
Tampoco tiene prisas, todo su tiempo es de cada uno de nosotros.
Ni se aburre con nuestras tonterías.
Él sabe que los hijos siempre tienen tonterías que decir.

Falsificaciones del hombre

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Hace algún tiempo, vivimos un serio problema. En el mercado del dinero se nos habían colado dólares falsificados. Como todos recuerdan fue todo un problema bancario. Luego de muchos estudios y análisis detectaron como cincuenta o cien detalles por los cuales se podía dictaminar cuáles eran los dólares falsos y cuáles los dólares buenos. Se dijo entonces que se trataba de “una falsificación casi perfecta”.

Constantemente somos testigos de las falsificaciones del hombre. Falsificaciones muchas veces muy finas y casi perfectas. ¡Pero falsificaciones! Falsificamos su mente y su inteligencia. Parece buscar la verdad y le convencemos de la mentira. Falsificamos su libertad. Parece que es libre y lo estamos esclavizando. Falsificamos su corazón. Le llamamos amor y le estamos metiendo gato por liebre. Falsificamos sus metas. Le pintamos unos horizontes aparentemente muy bonitos, pero que lo llevan al vacío.

Los dólares falsos crearon todo un problema bancario. ¿Y los hombres falsificados por nuestras manipulaciones llegan a crearnos algún problema? Se trajeron técnicos de EE.UU. para asegurarnos de las falsificaciones y cómo conocerlas. ¿Acudimos a alguien que nos ayude a descubrir los rasgos que identifican al hombre falsificado?

Uno de los elementos donde se mejor se detecta la falsificación de los hombres suele ser la imagen y semejanza que tienen con Dios. Con frecuencia, en vez de “la imagen y semejanza” que tiene con Dios, preferimos hacer hombres que se parecen a nuestras ideas, a nuestros intereses, a nuestros gustos. Aquellos son hombres devaluados porque carecen de verdadera imagen, se parecen a cualquier cosa, menos a Dios. ¡Atención, amigos, que hay demasiado ser humano falsificado!

El sello del Papa

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¿Recuerdas la muerte de san Juan Pablo II? Los medios de comunicación se encargaron de ir describiendo lo que se tenía que hacer cuando el Papa moría. Y una de las cosas más curiosas era ésta, al morir el Papa “se destruye su sello”. La finalidad era para que nadie pudiese publicar nada avalándolo como si fuese del Papa. El sello es lo que identifica la validez de un documento. Por eso, cada Papa tiene su sello propio. Muere y se destruye.

Dios también tiene su propio sello. Todo lo que hace lo marca con su sello. Es lo que le da valor y autenticidad a las obras que salen de las manos de Dios. Es un sello que tiene diferentes marcas.

Cuando nos creó nos selló “con su imagen y semejanza”.

Luego nos volvió a sellar con el Espíritu Santo “y nos marcó como hijos suyos”.

Nos volvió a sellar: y nos declaró “hermanos del mismo Jesús”.

Sellados por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo, esos son los tres sellos que nos marcan, nos dan identidad y valor.

De ahí que cuando veo al hombre o a la mujer, los tres valores fundamentales que debo descubrir en ellos son:
Es una imagen y semejanza de Dios.
Es un hijo de Dios.
Es un hermano de Cristo.
¿Te reconoces en esas tres señales?
¿Los reconoces en esas mismas señales?

Pensamientos

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No te valores más de lo que realmente eres.
Pero tampoco te valores menos de los que eres.
No te pongas un precio inferior a lo que vales.
Tampoco quieras sobre preciarte.

No vendas ni compres al hombre por menos de lo que vale
No compres ni vendas a la mujer por menos de lo que vale.

Una falsificación de precios es una falsificación de las personas.

¿Cuánto vale el hombre?
No está en venta.
¿Cuánto vale la mujer?
¿Y quién le ha dicho que Dios la ha puesto en venta?

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