Hoja Parroquial

Ascensión del Señor | Iglesia que evangeliza

Domingo, 21 de mayo del 2023

¿La gente no sabe guardar secretos?

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¿Quién ha dicho que la gente no sabe guardar secretos? Pues, a decir verdad, no estaría tan seguro porque cuando Jesús se despidió de nosotros nos dejó como un secreto: “Sabed que yo estoy con vosotros”. El gran secreto del cristiano es “Jesús está con nosotros y en medio de nosotros”. Ese es nuestro secreto. Ese es nuestro tesoro escondido. Esa es nuestra fuerza y vitalidad.

¿Tú lo sabías? ¿Te habías enterado de que Jesús se fue pero se quedó y está camuflado en medio de nosotros? Si lo sabías, has guardado bien el secreto. Porque ¿a cuántos se lo has dicho? ¿A cuántos se lo has comunicado? ¡Y luego dirán que nosotros no conservamos secretos…!

¿Tú sabías que Dios habita en ti? ¿Qué Jesús está en tu corazón? Pero tú conservas ese secreto y no lo compartes con nadie. Dime, ¿a cuántos les has dicho que llevas a Jesús en tu corazón?

Sabemos que Jesús ha vuelto al Padre, pero quedándose con nosotros. Jesús se ha habituado ya tanto al hombre que diera la impresión de que algo le falta si le faltamos nosotros. No puede vivir sin el Padre y vuelve a Él. No puede vivir si nosotros y se queda con nosotros.

Esta presencia de Jesús con nosotros es lo que nos da la alegría aún en medio de las dificultades. Es lo que nos da fuerza para ser más que nuestros problemas. Es lo que nos hace sentir acompañados, por más que los demás nos dejen solos.

Si nos miramos atentamente, nos daremos cuenta de que cada uno de nosotros somos un pequeño misterio. Nos ven, pero nadie se entera. Nos ven y nos consideran como a todos. Sin embargo, por dentro estamos llenos del misterio de la presencia de Dios. El misterio del Dios escondido en nosotros.

Pero es una pena el que conservemos tan bien el secreto. El que no se lo digamos a nadie. El que no lo compartamos con los demás. Vamos a Misa el domingo, nos hemos encontrado con Él, hemos celebrado con Él, hemos sentido su presencia, pero luego salimos, hablamos de los amigos que hemos visto, de fulanito que hacía tiempo no lo habías visto, pero sigues conservando el secreto de que también lo vimos a Él. ¿Por qué tanto secreto? Hay que levantar el secreto.

Hay que compartir más aquello que acontece misteriosamente en nosotros. ¡Que se enteren! ¡Que la gente lo sepa! Puede que a alguien le pique la curiosidad y lo tengamos con nosotros el próximo domingo.

Un mandato que no hemos escuchado

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Lo último que nos dice Jesús es un mandato y, hasta diría, una orden. Porque lo hace dentro de una cierta solemnidad: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. No es un mandato cualquiera, no es un “me gustaría que todo eso no se fuese al tacho”. “Id y haced”.

Nosotros hubiéramos preferido que nos dijese: “Miren, sean buenos, pórtense bien”. Pero Jesús está pensando en los otros, también a ellos hay que llevar el mensaje y no sólo a los vecinos y amigos.

Jesús no vino al mundo para formar colleras de amigos, ni vino para hacer grupitos de amistad. Jesús vino para todo el mundo, para todos los hombres y todos los pueblos. Y a todos quiere llegue su Evangelio.

Lo que Él no pudo hacer, nos lo encarga a nosotros: “Id y haced”. En algún momento Jesús se define como “el enviado del Padre”, nosotros debiéramos considerarnos como “los enviados de Jesús”.

La suerte de los otros depende de nosotros. La suerte de los demás hombres está en nuestras manos. No estamos llamados a llevarles un cafecito a media tarde, tenemos la misión de llevarles el Evangelio, algo que definirá sus vidas. Pío XII en su Encíclica sobre el Cuerpo Místico decía que es tremendo pensar que “de la santidad de unos pocos dependa la suerte de muchos”. Aquí pudiéramos decir: “Es tremendo pensar que de lo que yo haga por anunciar el Evangelio va a depender la suerte espiritual de la humanidad entera”.

Un mundo sin Dios

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No nos acostumbramos a un mundo donde Dios estaba compartiendo con nosotros la vida. Y la verdad es que le hicimos la vida imposible. Tan imposible que no paramos hasta que lo eliminamos en la Cruz.

¿Nos acostumbraremos ahora a un mundo donde decimos que sigue estando, pero no lo vemos? Yo he visto mucha gente que se habituó muy bien a vivir sin Dios, aunque también debo reconocer que muchos terminaron buscándolo desesperadamente. Pensaron que se podía vivir mejor sin Él, pero luego se dieron cuenta de que el vacío se había ahondado ya demasiado y no podían respirar.  Así me lo explicaba un amigo mío: “Creí que con Él no era posible vivir, y terminé convencido de que sin Él la vida se hace imposible”. “Sin Él se puede pasar la vida mientras uno no piensa, pero cuando comienzas a pensar descubres que alguien falta en ti”. Mi amigo vivió sin Él hasta los cuarenta y dos años, recién ahí se dio cuenta que ya no respiraba.

Sin embargo, el mundo trata de convencernos de que se vive mucho mejor sin Dios que con Dios. Y no faltan quienes escuchan estas voces y hasta les creen. Un viejo que parecía el tipo más feliz, cayó vencido por el cáncer a los ochenta años. Cuando fui a darle la Unción de los enfermos se me echó a llorar como un niño. “Padre ochenta años sin Él. No veía el día en que viniese a confesarme. Hoy me doy cuenta de que uno puede disimular mucho. Pero al fin, tienes que caer en sus manos”. Murió al día siguiente. En él, yo sentí que Dios lloraba y que Dios reía porque sus lágrimas se convirtieron en gozosa sonrisa. El corazón humano puede resistirse mucho, pero termina cediendo en las manos de Dios.

Dios sabe dejar sitio a los demás

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Dios es bien curioso.
Cuanto uno más piensa y medita sobre Dios,
más sorprendente lo encuentra.
Dios sabe ocupar su lugar.
Y sabe respetar el lugar de los demás.
Dios sabe ocupar su lugar.
Pero sin privar de su lugar a los demás.
Sabe cuál ha de ser el lugar de Dios.
Y sabe cuál es el lugar de los hombres.

Lo que nosotros podemos hacer, no lo hará Él.
Tampoco nos pide que hagamos lo que es suyo.
Nos pide hagamos esto o lo otro.
Pero siempre respetuoso de nuestra libertad.
Siempre respetuoso de nuestra responsabilidad.

Quiere entrar en nosotros.
Pero es respetuoso de la puerta.
Toca y llama.
Luego espera, hasta que abramos.
Si no le abrimos no entra.
Se queda fuera.
Por más que haga frío.
Espera seas tú quien abra la puerta.
Cada uno en su lugar.
Dios como Dios.
El hombre como hombre.

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