Hoja Parroquial

Corpus Christi – A | Iglesia y Eucaristía

Domingo, 11 de junio del 2023

Profundizar lo central de la Eucaristía

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“Mi vivo deseo es que el “Año de la Eucaristía… constituya una ocasión providencial para mejor profundizar la importancia central del sacramento eucarístico en la vida y en la actividad de cada Iglesia particular. En torno al altar se refuerzan los vínculos de la caridad fraterna y se reaviva en todos los creyentes la conciencia de pertenecer al único Pueblo de Dios, del que los Obispos son pastores”. (San Juan Pablo II, 17 de septiembre 2004)

Una de las maneras de hacerle perder fuerza y vitalidad a la Eucaristía es convertirla en una devoción particular. La Eucaristía tiene una fuerza y un dinamismo esencial mucho más fundamental, es el centro de la Iglesia. Muchas devociones no me dicen nada. Y no pasa nada. Yo puedo prescindir de muchas devociones, aún de aquellas que han tenido gran arraigo en la Iglesia, y no por ello tiene que sufrir mi vida espiritual.

Pero no puedo prescindir de la Eucaristía, quedaría sin el eje central de mi vida cristiana porque quedaría sin el misterio pascual, sin la experiencia fundamental de Jesús que es su Muerte y Resurrección.

San Juan Pablo II quería se profundice en la “importancia central del sacramento eucarístico en la vida de las Iglesias”. Destacaba aquí dos elementos básicos: la caridad fraterna, que es la forma existencial de la Iglesia, y la “conciencia de pertenencia del único Pueblo de Dios”.

“Caridad” que tiene que ser el alma y la forma visible de presentarse la Iglesia y “sentido de pertenencia”. La Iglesia no es para mí una posada de alquiler, ni un hotel de paso, es mi propia casa, mi propio hogar.

Es la Eucaristía la que me hace Iglesia, pero además del “único Pueblo de Dios”, de la única Iglesia, principio fundamental del ecumenismo. Hay grupos que leen la Biblia, oran, pero no pertenecen al “único Pueblo de Dios”, no pertenecen a la Iglesia fundada por Jesús. Tienen muchas cosas buenas, sí, pero no son la Iglesia de Jesús, no tienen Eucaristía. Iglesias de la Palabra, pero no Iglesias de la Eucaristía. Esa es la diferencia.

Muchas cosas son buenas, pero no obligatorias. Hay cosas que son esenciales, sin ellas no somos cristianos y el bautismo pierde consistencia y realidad.

La Iglesia rejuvenece en la Eucaristía

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Celebrando la Eucaristía la Iglesia se hace a sí misma, pero con una experiencia muy particular. Renovando el misterio pascual, del que nació, vuelve a renacer. Renovando sacramentalmente el misterio pascual en el misterio del “memorial” la Iglesia vuelve a nacer hoy. Vuelve a ser buena nueva hoy.

Hoy vuelve a renovarse aquel misterio de la pasión y muerte y resurrección. En ese misterio nació la Iglesia. En su renovación y actualización, la Iglesia vuelve a nacer.

Es así que celebrar la Eucaristía es asistir el nacer hoy la Iglesia, es volver a ser testigos del nacimiento de la Iglesia. Por tanto, es ser testigos de que la Iglesia no puede envejecer. Podrá tener dos mil años, pero cada día es una recién nacida.

¿Alguien quisiera ver a un recién nacido con los vestidos viejos del abuelo? Cuando alguien nace, le compramos todo nuevo. Nuevo como la nueva vida que estrena.

Celebrar la Eucaristía, ser testigo de cómo renace hoy la Iglesia, es sentirnos comprometidos a regalarle cada día nuevos vestidos, nuevos rostros, nuevas formas, nuevas estructuras. Jesús fue claro: no se echa el vino nuevo en odres viejos. No se puede ser testigos de una Iglesia nueva metida en los odres viejos del pasado. Odres nuevos para vida nueva. Para Iglesia nueva, vida nueva. La Eucaristía hace a la Iglesia y la renace cada día.

Lo invisible se hace visible

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Pascal en una de sus Cartas a Mademoiselle de Roanez escribe: “Permaneció oculto bajo el velo de la naturaleza que lo cubrió hasta la encarnación; y, cuando fue necesario que apareciera, volvió a esconderse cubriéndose con la humanidad. Era mucho más reconocible cuando era invisible que cuando se hizo visible. Y, finalmente, cuando quiso cumplir la promesa que había hecho a sus apóstoles de permanecer con los hombres hasta su última venida, eligió permanecer en el secreto más extraño y más oscuro de todos, el de las especies eucarísticas… Yo creo que Isaías lo veía en este estado cuando dijo en espíritu de profecía: “Verdaderamente, tú eres un Dios escondido” (Is 45.15). Este es el último secreto en el que puede estar.

Es curioso cómo Dios se revela y manifiesta ocultándose. Primero, en la Encarnación. Segundo, en su condición humana. Tercero, en la presencia de las apariciones. Cuarto, en el pan y el vino de la Eucaristía. Para, finalmente, esconderse y revelarse en cada una de nuestras vidas.

Lo humano esconde, pero también revela y manifiesta. Cada uno esconde y revela a la vez. Lo mostramos en la Hostia cuando lo exponemos a la adoración. ¿Por qué no lo adoramos en cada uno que lo recibe en comunión? ¿No tendríamos que ponernos también de rodillas delante de cada comulgante? ¿Acaso cuando comulgamos no somos también esa custodia que lo expone en la calle y en el hogar?

Muchos comulgáis antes de ir a la oficina. ¿No seréis las Custodias donde Cristo se debiera adorar también en esos lugares de trabajo?

Comulgar…

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Yo comulgo diariamente a Cristo Jesús.
Pero ¡cuánto me cuesta comulgar al Cristo entero!
Al Cristo Cabeza y al Cristo miembros.
¿Acaso puedo comulgar sólo una parte de Cristo?

El pan de la Eucaristía está hecho de muchos granos.
El vino de la Eucaristía está hecho de muchas uvas.
El Cristo que comulgo cada día está hecho de muchos hermanos.

¿Alguien comulga excluyendo algunos granos o algunas uvas?
¿Y por qué comulgar excluyendo a algunos de los hermanos?
Cada vez que comulgo y Jesús llega al fondo de mi corazón pregunta:
¿Y dónde están mis otros hermanos?
¡Aquí falta gente, aquí faltan hermanos!
Hay demasiados asientos vacíos.

El Jesús de la eucaristía es el Jesús de la Iglesia.
Comulgar a Jesús es comulgar a la Iglesia entera.
Es unirme a Él uniéndome a toda la Iglesia.

Comulgar es unirme al Jesús que es mi esposa.
Comulgar es unirme al Jesús que es mi marido.
Comulgar es unirme al Jesús que es mi hijo.

Cuando comulgo no puedo dejar asientos vacíos en mi corazón.
Cuando comulgo no puedo dejar espacios desocupados en mi corazón.
“Y la mesa del banquete se llenó”.

No todos los comensales eran buenos. Pero los banquetes son para todos.
Cuando comulgo hablo con Jesús mi hermano.
¿Pero hablo con sus y mis hermanos?
Cuando comulgo me dejo ganar por Jesús.
¿Y me dejo ganar por mis hermanos?

No comulguemos a medias.
No hay Eucaristía a medias.

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