Hoja Parroquial

Pascua 5 – A | Jesús camino, verdad y vida

10 de mayo del 2020

Caminante, sí hay camino

camino verdad y vida

Aunque Machado escriba: “Caminante no hay camino, los caminos se hacen al andar”, en parte le doy la razón; sin embargo, el cristiano es “un caminante”, “tiene un camino” y “está llamado a hacer caminos”.

Es un “caminante” porque el bautismo nos pone en marcha. El cristiano, al igual que Jesús, es el hombre de los caminos, ante todo es un caminante de la muerte a la vida. Es un caminante de la incredulidad a la fe. Es un caminante del tiempo a la eternidad. Es un caminante del hombre a los hombres. Es un caminante de los hombres a Dios. Bien pudiéramos decir que el cristiano es alguien que tiene pies para andar, un corazón para amar y una mente para soñar.

Además, el cristiano tiene un “camino”.Mucha gente se mueve mucho. Alguien escribió que los jóvenes que se pasan la noche bailando en las discotecas andan kilómetros en una noche, pero amanecen en el mismo sitio. Se pasan la noche dando vueltas en el mismo lugar. El cristiano tiene un camino muy claro y definido. Jesús les dice a los Discípulos: “Y a donde voy, ya sabéis el camino.” Tomás es sincero y confiesa: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?” Jesús le responde: “Yo soy el camino… Nadie va al Padre, sino por mí”.

Jesús es el camino para llegar a nuestra meta, a nuestra realización en la fe, el que nos muestra cómo realizarnos, cómo llegar a ser cristianos de verdad y cómo llegar al Padre. Tenemos un camino y tenemos una meta. El camino es Jesús, la meta es el Padre.

Por eso mismo, el Evangelio es como nuestro mapa de ruta, es como el plano de las calles de la ciudad. En este caso, el Evangelio es nuestro plano para caminar por el mundo, cómo caminar por la Iglesia, en la Iglesia y con Iglesia, camino del Reino y del Padre. Los demás podemos decir, prohibir o permitir muchas cosas, pero el único criterio de vida para caminar en la verdad es Jesús y es su Evangelio. Un Evangelio que todos debiéramos llevar en el bolsillo para confrontar nuestra vida en cada momento y ver si vamos por el camino adecuado, el camino que Dios quiere. Llamados a “hacer caminos”.

Somos nosotros los ingenieros que abren nuevas rutas. Somos los ingenieros que abren caminos para acercar a los hombres al Evangelio. Nadie es el camino, ni los que están arriba son el camino. El camino será siempre Él, Jesús. Aunque nosotros sí podemos crear esos pequeños caminitos que hacen posible que los hombres lleguen hasta Él. Es preciso no repetir los caminos de siempre, sino abrir y trazar caminos nuevos que los hombres de hoy puedan entender y puedan sentir que por ellos se les abre una nueva esperanza. No somos el camino, pero sí tenemos que ser el dedo que señale el camino. Las señales de tráfico no son la pista, pero sí nos indican la pista que debemos tomar.

Todos somos necesarios

camino verdad y vida

Si la nota dijese: “Una nota no hace melodía”,
no habría sinfonía.
Si la palabra dijese: “una palabra no puede hacer una página”,
no habría libro.
Si la piedra dijese: “una piedra no puede levantar una pared”,
no habría casa.
Si la gota de agua dijese: “una gota de agua no puede formar un río”,
no habría océano.
Si el grano de trigo dijese: “un grano de trigo no puede sembrar un campo”,
no habría cosecha.
Si el hombre dijese: “un gesto de amor no puede salvar a la humanidad”,
nunca habría justicia ni paz ni dignidad ni felicidad sobre la tierra de los hombres.

Como la sinfonía necesita de cada nota,
como el libro necesita de cada palabra,
como la casa necesita de cada piedra,
como el océano necesita de cada gota de agua,
como la cosecha necesita de cada grano de trigo…
la humanidad entera necesita de ti,
allí donde estés,
porque eres único, y por tanto, irreemplazable”.
Michel Quoist

Y como la Iglesia somos todos, cada uno forma la Iglesia.
Y como la Iglesia no existe sin nosotros, cada uno es necesarios.
Y como la Iglesia somos todos, es que entre todos formamos esa sinfonía de la gracia y de la salvación y de la presencia de Jesús en la historia,

Tú eres necesario en la Iglesia.
Yo soy necesario en la Iglesia.
Sin nosotros la Iglesia sería una fantasía y no una realidad.
Unos seremos piedras vivas.
Otros serán ladrillos vivos.
Otros serán cemento que une piedras y ladrillos.

Ni las piedras sin el cemento, ni el cemento sin las piedras. Lo importante es que cada uno se encuentre en esa construcción. Lo que es cada uno, nadie puede suplirlo.

“La piedra que desecharon los constructores”

piedra angular

Esa fue la “piedra Jesús”.
Él es la piedra angular.
Pero muchos la rechazaron.

Hoy, ¿no estaremos desechando también esas otras piedras que, si no son angulares, son necesarias? Porque la piedra angular es la que da consistencia a las demás piedras. Pero la piedra angular sin las otras piedras tampoco está completa.

¿Y quiénes somos nosotros para desechar a Jesús piedra angular y convertirnos nosotros en piedras angulares? ¿Y quiénes somos nosotros para desechar esas otras piedras como si ellas no sirvieran, como si sólo bastase la piedra angular para tener una Iglesia viva?

No desechemos lo que Dios ha escogido.
No desechemos lo que el bautismo declaró sagrado.
No desechemos lo que Dios quiere vivo en la Iglesia.

Necesitamos convencimientos

convencido

La experiencia enseña muchas cosas, entre ellas siento cómo muchos “quisieran” cambiar, pero luego me dicen “no puedo”. Mientras su actitud sea la de “quisiera” ciertamente no cambiarán, porque eso de “quisiera” es un querer sin querer de verdad. O quiero o no quiero. “Quisiera” es una especie de trampa que nosotros mismos nos ponemos. Por una parte, queremos quedar bien porque “quisiéramos”, y por otra parte, seguimos haciendo lo mismo “porque no podemos”. Es un juego un tanto extraño dentro de nosotros.

Nadie cambia si no está “convencido” de que quiere cambiar y nadie “puede” en tanto no tenga ese convencimiento.

“Una convicción se define por el hecho de que orientamos nuestros comportamientos conforme a ella” (Habermas). “La esencia de la convicción estriba en el establecimiento de una forma de comportamiento” (Peirce). El querer y, por tanto, la decisión de la voluntad depende de las ideas y de los convencimientos. No existe eso que llamamos “fuerza de voluntad”. La fuerza de la voluntad depende de nuestros convencimientos. Aquello que queremos de verdad es un posible. Aquello que quisiéramos, pero en el fondo no queremos termina siendo un imposible.

Antes de preguntarnos “si podemos” es preciso nos preguntemos “si queremos realmente”. Lo que quieres de verdad, lo puedes de verdad. No olvides esto, para no engañarte a ti mismo.

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