Hoja Parroquial

Domingo 4 – C | Jesús y los prejuicios

Domingo, 30 de enero del 2022

No te fíes de los que te alaban

Nadie es profeta en su tierra

Todos sentimos un cierto gustillo cuando alguien nos alaba, es normal. Al fin y al cabo, todos sentimos una cierta necesidad de sentirnos aceptados por los demás, saber que uno ha caído bien, saber que los demás le aprecian y estiman. Hasta aquí la cosa no tiene mayor dificultad.

El problema está en que uno se valore a sí mismo sólo desde ese tufillo de gloria y estima o consideración porque, con frecuencia, la admiración fácilmente se convierte en crítica y murmuración. Alguien dijo que del amor al odio no hay más que un paso. El mismo amor se convierte con frecuencia en resentimiento.

Cuando Jesús se presenta en su propio pueblo, la gente lo recibió con un gesto de admiración. “Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”. Pero ¡qué poco dura el reconocimiento de las cualidades y bondades del otro! Nos da miedo en subir al otro al podio y casi nos arrepentimos de haberle alabado. Por eso, inmediatamente, comenzamos a poner en duda toda lo que hemos admirado. “Y decían: ¿no es éste el hijo de José?”. ¡Qué poco duró la fiesta! ¿Qué sucedió para este cambio tan repentino de opinión sobre Jesús?

Algunos comentaristas piensan que admiraron a Jesús por lo que dijo, pero le disgustó lo que dejó de decir porque Jesús tuvo el atrevimiento de recortar el texto de Isaías. Todo estuvo muy bien con lo del “año de gracia”, pero no les convenció omitiese lo del “día del desquite de nuestro Dios”. Está bien que hable de un tiempo de gracia, lo que no está bien es que nos invite a bajar la guardia, moche nuestras ansias de venganza y no diga que Dios está de acuerdo en que podamos vengarnos de nuestros enemigos.

Si esto fuera así, se nos está recordando algo muy serio: aceptamos lo que nos conviene y nos resistimos a aceptar aquello que no está de acuerdo con nuestras ideas. No resulta nada fácil anunciar el Evangelio-vida cuando cada uno vive víctima de su propia ideología personal o de grupo.

Jesús no vino para responder a nuestras ideologías ni religiosas ni políticas. Jesús vino a traer la verdad de Dios que va más allá de toda ideología y es palabra crítica de cualquier ideología. Para que la verdad entre en el corazón, primero debemos vaciarlo de muchas cosas. El anuncio del Evangelio no siempre se presta para grandes éxitos. Jesús en su primera presentación ante sus paisanos terminó en un fracaso, llegó en medio de una gran expectativa y se fue como echado y amenazado hasta de muerte. Las ideologías son siempre más fuertes que las verdades.

El riesgo de pensar distinto de los demás

piensa diferente

Hoy, la tendencia es “pensar como todos”, entrar en la corriente y el modo de pensar, de hablar y actuar “como todos”. Imponer el modo de pensar. Pensar por los demás. Esto que pareciera algo normal e intrascendente, se está convirtiendo en una despersonalización del pensamiento, despersonalización de las ideas, de los modos de vivir. Lo distinto “ya no se lleva”, hoy “se lleva lo de todos”.

Hasta Jesús debió pasar por esa experiencia. Se presenta en Nazaret y cuando todos esperaban mucho de Él, resulta que Él se distancia de sus mentalidades subversivas, revolucionarias, digamos que medio golpistas. Porque los galileos vivían esa mentalidad, estaban hartos del dominio extranjero, de los impuestos para el invasor de Roma, y pretendían a toda costa dar la vuelta a la situación con los métodos que fueren.

Jesús prefirió hablar de “año de gracia” a “día de la venganza”. Y eso no iba con ellos. Por eso, no solo le dieron la espalda, sino que trataron de aplicar sus métodos violentos, y “se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo”.

Para ser uno mismo, para confesar sus propias ideas humanas y religiosas, para vivir de las propias ideas y no de las ideas de los demás, es preciso tener una gran convicción, una gran voluntad y un profundo convencimiento. Por eso tenemos que confesar que “la fe del carbonero” pudo ser buena para el carbonero, pero con esa fe difícilmente se puede caminar hoy por la vida. Hoy necesitamos una fe consistente. Una fe firme, convencida, conocida y hasta razonada. Hoy no tratarán de echarnos por el barranco, pero ciertamente, tratarán de “excluirte”.

Cuando las ideas son más importantes que las personas

ideas y personas

La primera gran experiencia de Jesús en su pueblo fue bien triste. Se dio cuenta de que las ideas pueden ser más importantes que las personas. Lo reconocen, lo admiran, pero piensa distinto y tratan de desbarrancarlo monte abajo.

En vez de confrontar las ideas, discutirlas, dialogarlas, prefieren acabar con Él. Matar, eliminar al que piensa y pone a prueba nuestras ideas. Hay ideologías que superviven a cuenta de los muertos que quedan en el camino. Primero tratan de negarle su carácter divino, “es el hijo de José”, y luego intentan acabar con Él.

En realidad, esta escena del comienzo mismo del Evangelio es como una especie de retrato de lo que será el final. También entonces se cuestiona su divinidad y también lo sacarán de la ciudad. Pero entonces lo sacarán no para tirarlo monte abajo, sino para crucificarlo en el monte.

Toda ideología termina por convertirse en autoritarismo. Las ideas hacen libres a las personas. Las ideologías eliminan a las personas que no entran en el sistema. Pruebas las tenemos  más que suficientes. La historia de las ideologías está llena de muertos y desaparecidos. Tal vez ahí esté la debilidad de toda ideología autoritaria. Lleva dentro de sí misma el virus que le dará muerte.

Las víctimas suelen hacer repugnantes las ideologías y todos los totalitarismos. Las víctimas de los campos de concentración, hicieron repugnante al nacismo. Las víctimas inocentes del terrorismo, lo hicieron antihumano, antisocial y, por tanto, podrido.

El peligro de los prejuicios

Jesús y los prejuicios

Uno de los grandes obstáculos para encontrar la verdad suele ser todo ese mundo de prejuicios que llevamos dentro.
¿Lo ha dicho fulano? Ese es comunista.
¿Lo ha dicho mengano? Ese es capitalista.
¿Lo ha dicho perengano? Ese es conservador.
¿Lo ha dicho aquel otro? Ese demasiado avanzado.
¿Lo dicho éste otro? ¡Si lo conoceré yo!

Diera la impresión de que todos caminamos con una especie de “chaleco antibalas” en la cabeza para evitarnos el trabajo de aceptar la verdad.

Para abrirnos a la verdad se necesita mucha sinceridad, mucha honestidad, mucha limpieza de corazón y de mente. Con una mente sucia no se pueden aceptar las verdades limpias. Con un corazón sucio no se puede estar abierto a la verdad porque, además, la verdad nos llega por muchos caminos. Incluso por caminos no siempre tan limpios. Hasta es posible que te diga más tu verdad el que te critica que el que te alaba.

Jesús pasó por todos los prejuicios humanos. Se le veía como un peligro a los propios intereses. Entonces el corazón se blindaba para no abrirse a la buena nueva que anunciaba.

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