Hoja Parroquial

Domingo 14 – C | La mies es abundante

Domingo 3 de julio del 2022

Demasiadas posibilidades

el anuncio del Reino

Lo primero que llama la atención en este Evangelio de Lucas es que Jesús ve demasiadas posibilidades por delante: “La mies es abundante”. El campo donde sembrar el Evangelio es demasiado grande. En la viña de Dios nadie dirá que no tiene dónde trabajar. En la viña de Dios lo que sobra es campo, lo que faltan son creyentes comprometidos que quieran trabajarlo.

No se trata de una frase medio quejumbrosa y menos aún de resignación, es un mostrarnos que tenemos por delante todo un mundo de posibilidades. Posibilidades que van a depender de la disponibilidad de los creyentes para comprometerse en el anuncio del Evangelio.

Durante siglos y leyendo todos el mismo Evangelio de “la mies es abundante”, hemos reducido la responsabilidad del anuncio del Evangelio a un grupo minúsculo: a los sacerdotes, religiosos y, con cierta sordina, a las religiosas.

Leíamos la queja de Jesús “los obreros son pocos”, pero nosotros felices de que sólo nosotros los sacerdotes tuviésemos algo que decir. En la Iglesia, hemos sido testigos de luchas internas de si esto me toca a mí y aquello te toca a ti, pero que nadie se meta en lo mío. Cuando San Pablo de la Cruz fundó la Congregación Pasionista sus mayores dificultades le vinieron de las otras Congregaciones que sentían que alguien se les metía en terrenos que creían exclusivos suyos.

Felizmente, el Concilio Vaticano II rompió con una serie de esquemas, uno de ellos fue precisamente este: nadie es dueño del Evangelio. El único dueño del Evangelio es Jesús y en su nombre, la Iglesia, pero toda la Iglesia. Laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas. Para todos hay trabajo en la recolección de la mies, para todos hay trabajo para sembrar, para todos hay trabajo para cultivar y para todos, también, hay trabajo para segar.

Tenemos por delante demasiadas posibilidades. El peligro de Jesús es abrirnos a tantas posibilidades y que nosotros nos echemos el santo a la espalda diciendo: “eso a mí no me toca”, “eso es para los curas”. No amigos, el anuncio del Evangelio o el ir por delante preparando el camino por donde luego Él va a pasar es tarea de todos. Nadie debiera cargar con la conciencia de que por “mi culpa”, alguien no conoce el Evangelio y Jesús no puede segar la cosecha que se secó antes de granear.

Cuando Jesús contempla las posibilidades del Evangelio en el corazón humano lo ve como el “campo de la abundancia de posibilidades”. Es ahí donde siente que los que quieren echarle una mano, son relativamente pocos. La suerte del Evangelio se juega en nuestros corazones, en lo que nosotros queramos hacer por él.

Ligeros de equipaje

sin equipaje

Jesús envía a los discípulos “ligeros de equipaje”. Hay cosas para las que todo equipaje está de sobra. En las competencias olímpicas los trajes de los deportistas se han reducido a lo mínimo, para competir todo estorba. También para anunciar el Evangelio estorban demasiadas cosas:

Estorba el poder. No se puede anunciar la Buena Noticia con la fuerza del poder, sino con la debilidad de los débiles. Jesús anunció el Evangelio desde la debilidad de la palabra y desde el gesto sencillo de la oferta.

Estorba la autosuficiencia. No podemos anunciar el Evangelio con la autosuficiencia del que todo lo sabe, del que todo lo vive, del que posee toda la verdad. El Evangelio se anunciar desde la debilidad del que “también sigue buscando”.

Estorba el llevar demasiadas cosas para impactar a los demás. El Evangelio se anuncia desde la sencillez del corazón, la sencillez del trato, la sencillez de la palabra, incluso, desde la sencillez del que reconoce que todavía le queda mucho camino que andar.

Hoy se suele comentar que muchos grupos disponen de mucho dinero y se ganan a la gente ofreciéndoles cosas. Es cierto que se necesita dinero para muchas cosas, pero poner el dinero como oferta para que alguien acepte el Evangelio o se inscriba en nuestro grupo es una compraventa que contradice al Evangelio mismo.

Jesús es claro: “no llevéis talega, ni alforja, ni sandalias”. Llevad sólo eso: el Evangelio. A lo más: llevad mucho amor en vuestro corazón, mucha fe en lo que decís, un gran respeto para con los demás y una gran consideración para con la libertad de los otros.

Finalmente, no llevemos el miedo para asustar a los demás. El Evangelio no puede recibirse con miedo, sino la alegría de la Buena Noticia.

Comienzas tú

primero debes cambiar tú

¿Para qué esperar a que sean siempre los demás?

Para que en el mundo haya esperanza, comienza tú por vivir de la esperanza.
Para que en el mundo haya alegría, comienza tú por estar alegre.
Para que en el mundo haya paz, comienza tú por vivir en paz con todos.
Para que en el mundo haya perdón, comienza tú por perdonar.
Para que en el mundo haya generosidad, comienza tú por ser generoso.

Para que en el mundo haya justicia, comienza tú por ser justo.
Para que en el mundo haya verdad, comienza tú por decir siempre la verdad.
Para que en el mundo haya sinceridad, comienza tú por ser sincero.
Para que en el mundo haya honestidad, comienza tú por ser honesto.
Para que en el mundo haya compromiso, comienza tú por comprometerte.
Para que en el mundo haya fraternidad, comienza tú por sentirte hermano de todos.
Para que en el mundo haya respeto, comienza tú por respetar a todos.
Para que en el mundo haya amor, comienza tú por amar hasta el fondo.
Para que en el mundo haya fe, comienza tú por creer de verdad.

Para que en el mundo haya menos solitarios, comienza tú por ser compañía.
Para que en el mundo haya menos pobres, comienza tú compartiendo lo tuyo.
Para que en el mundo haya menos niños abandonados, comienza tú por adoptar a uno de ellos.
Para que en el mundo haya menos matrimonios fracasados, comienza tú por vivir plenamente el tuyo.
Para que en el mundo haya menos gente triste, comienza tú por vivir alegre y alegrar a los demás.

Porque:
Quien espera que comiencen los demás, nunca comenzará.
Quien espera que los demás cambien, nunca cambiará.
Pero cuando yo cambio, algo nuevo comienza en mi alrededor.
Señor, da la vocación de ser “semilla”.

Amar a los demás

amar al prójimo

Amar a los demás, no es esperar a que ellos vengan,
es irlos a buscar donde ellos están.

Amar a los demás, no es hacerles más largo el camino,
es acortarles el camino.

Amar a los demás, no es esperar a que amanezca,
es lanzarse de noche monte arriba a buscarlos.

Amar a los demás, no es quejarme de que están lejos,
es hacerme yo mismo más próximo a ellos.

Amar a los demás, no es medir la distancia que los aleja de mí,
sino medir la distancia que yo tengo en relación a ellos.

Amar a los demás, no es reñirles porque han tardado tanto,
sino alegrarnos de que haya llegado.

Amar a los demás, no es pensar en el tiempo que hemos perdido,
sino en felicitarnos del tiempo que les hemos dedicado.

Amar a los demás, no es quejarnos de que su ambiente huele mal,
sino alegrarnos de que también allí puede florecer el Evangelio.

¿Será que Dios nos ha puesto ahora el amor
no en el corazón, sino en los pies?
¡También con los pies se ama!

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