Hoja Parroquial

Ramos – B | La Pasión de Jesús

Domingo, 24 de marzo del 2024

La Semana Grande

Recuerdo que en muchos pueblos de mi tierra, cuando llegan las fiestas patronales o las fiestas centrales, las suelen denominar con el título de “Semana Grande”. Como cristianos también pudiéramos decir que la semana que hoy comenzamos es la “Semana Grande” o “Semana Santa” que suena a más piadoso porque es una semana donde pasa de todo.

Resulta curioso que en siete u ocho días sucedan tantas cosas. Lo que no sé es si llamarla la “Semana Grande de Dios” o la “Semana Grande de los hombres” porque, a decir verdad, es la semana central de la vida de Jesús y también la semana central de los hombres. Dios y los hombres son los grandes personajes de esta semana. Aunque la peor parte la lleva Dios. Por más que los hombres quedemos mal; sin embargo, somos los más beneficiados de esta semana.

Es la peor semana de Dios entre los hombres porque nos hemos ensañado con Él. En pocos días, lo hemos juzgado, condenado, crucificado y muerto en la Cruz. Uno se pregunta, ¿cómo es que Dios se somete al capricho y a la libertad de los hombres? ¿Y cómo los hombres son capaces de tratar así a Dios?

Pero esa es la realidad de esta semana. Los hombres empeñados en eliminar a Dios y Dios empeñado el salvar a los hombres. Los hombres empeñados en juzgar y condenar a Dios y Dios empeñado en amar y salvar a los hombres.

La verdad que no resulta fácil entender el comportamiento de Dios dejándose manejar, dejándose juzgar y condenar a muerte por los hombres, pero no resulta menos difícil comprender el atrevimiento de los hombres haciéndose jueces de Dios. Por eso, la Semana Santa revela la verdad de Dios de cara a los hombres y la verdad de los hombres de cara a Dios. Es el momento de entrar en el corazón de Dios y también el momento de entrar en el corazón del hombre; de lo que es capaz de hacer Dios por el hombre y lo que es capaz de hacer el hombre con Dios. Claro que los hombres no hablamos de Dios, sino de un revoltoso, de un iluso que dice llamarse Hijo de Dios. Y hasta cierto punto pareciera verdad.

Se puede condenar y eliminar a Dios pensando que se trata de un peligro para nosotros. Por algo dijo Jesús en la Cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo hacen”. ¿Sabían de verdad los Sumos Sacerdotes y los escribas que estaban juzgando a Dios? ¿Sabían los hombres, como Pilatos, que estaban sentenciando a Dios? Es posible que no, pero no por eso quedan justificados. Aunque no fuese Dios tampoco se puede condenar tan fácilmente a un hombre. Además, ¿no había demasiados intereses humanos y religiosos de por medio? No entenderemos el comportamiento de Dios si no conocemos el corazón de Dios, pero tampoco conoceremos al hombre sin conocer la verdad de su corazón.

Una cruz para un camino

Condenado a muerte, Jesús tiene que cargar con su sentencia y con su patíbulo, su cruz. Una cruz cualquiera. No. Nadie se imagine que Él estrenó una cruz nueva, recién hechita para Él o incluso con madera escogida. Era una de tantas cruces llevadas antes que Él por otros reos. No valía la pena estrenar una nueva, las viejas cruces eran suficientes. No era la hora de tallar cruces nuevas sino aprovechar las ya en servicio. Cruz en la que posiblemente había restos de piel y de sangre de algún otro criminal anterior.

Esto es lo que me gusta de Jesús. Meter su hombro allí mismo donde otros hombros humanos dejaron jirones de vida y luego, porque las cruces no son mejores por ser nuevas o viejas, usar una cruz standard es una forma de solidarizarse con las cruces en uso de todos los hombres. Es una forma de dar valor y sentido a todas las cruces sin mirar el precio ni el arte.

Hay algo que no logro entender. La devoción cristiana al madero de la Cruz de Jesús. ¡Cuánto darías por tener una reliquia de aquel leño! ¡Cuántas reliquias de la Cruz guardadas en tecas de oro! No lo entiendo, cuando luego todos rehuímos la cruz. A la madera de nuestras cruces la odiamos. A nuestras cruces las maldecimos y mientras tanto seguimos diciendo “adorémoste Cristo que por tu santa Cruz…”. El mundo está lleno de reliquias del madero de la cruz. ¿Y sabes cómo suele hacerse el reparto? Según la dignidad, la categoría de la persona. Que sepa yo, a ningún pobre e infeliz se le ha condecorado con la “Cruz al mérito”. A Jesús le dieron una de segunda mano como a un cualquiera porque las cruces no pueden ser un regalo ni gratificación para nadie.

Dios de la Pasión

Para quienes queremos tomar en serio la Pasión de Jesús y hemos ahondado en el misterio de esas horas dolorosas, sólo nos queda una conclusión: el Dios después de la Pasión no es el mismo de antes de la Pasión. Al menos, desde nuestra experiencia, el Dios después de la Pasión se nos revela como un Dios distinto, diferente al Dios en quien creíamos antes de la Pasión.

Alguien escribió: “El Dios de después de la Pasión no es para nosotros el mismo de antes, su rostro se ha transformado y tiene ahora expresiones nuevas, más reales y asequibles. A pesar del padecimiento, al mirarse al espejo de sí mismo, Dios se encuentra satisfecho del resultado porque, al fin, ha encontrado la imagen que, por una parte, mejor expresa su ser y, por otra, es más asequible a los hombres”. (P. F de Mier: La trilogía de la Pasión, pág. 51)

Y añade algo que nos parece interesante: “Porque este es un viejo problema de Dios; si mucho le cuesta que su presencia sea aceptada por todos, más le cuesta imponer su verdadera imagen, siempre sujeta a intentos de manipulación y sustitución. Ha tenido que pasar por la Cruz para dejarnos su imagen más auténtica”. (id)

A lo largo de la historia de la revelación Dios se ha manifestado con distintos rostros o, mejor dicho, nosotros hemos querido expresar a Dios con rostros diferentes. De ordinario, rostros que más respondían a nuestros gustos, a nuestros intereses o, simplemente, a nuestros esquemas mentales. Pero ¿respondían de verdad al auténtico rostro de Dios?

Por fin, Dios ha podido manifestarse tal y como Él es, un Dios amor. Pero reconociendo que el amor donde mejor se expresa es precisamente en el dolor. Donde mejor se manifiesta el amor es en darse a sí mismo. En entregarse a sí mismo. En renunciar a sí mismo. Es impresionante el himno de Pablo sobre la encarnación: “El cual, siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz”. (Flp 2,6-8)

Aquí cabe preguntarnos. El Dios de mi fe:
¿es el anterior a la Pasión y Muerte de Jesús?
¿sigo con la imagen o imágenes tradicionales inventadas por nosotros?
¿o es el Dios que ha pasado por la experiencia de la Pasión, muerte y sepultura?

El nuevo rostro de Dios

¿Sabías que Dios tiene el rostro de crucificado?
¿Te parece extraño?
Pues fíjate:

Jesús tiene manos de crucificado. “Les mostró las manos y las llagas”.
Jesús tiene corazón de crucificado. “Mete tu mano en mi costado”.
Jesús tiene pies de crucificado. Las llagas de los pies.
Y tiene esos rasgos de crucificado como un título que lo acredita.
No es algo que lo humilla, sino algo de lo que se siente orgulloso.
“Aquí están mis manos”.
Y si tiene manos y tiene costado crucificado, ¿por qué no rostro de crucificado

Tener rostro de crucificado es llevar en su cara las señales de su amor.
Tener manos de crucificado es llevar en sus manos las señales de su amor.
Tener pies de crucificado es llevar en sus pies las señales de su amor.

Señales de salvación.
Señales de redención.
Señales de amor.
Señales de haber vencido a la muerte con la vida.

No.
No es el rostro desfigurado.
Es el rostro embellecido de amor.
No.
No es el rostro maltratado.
Es el rostro marcado por las huellas del amor.

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