Hoja Parroquial

Epifanía del Señor – A | Los Magos de Oriente

Domingo, 8 de enero del 2023

“Llegan de lejos”

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La Epifanía del Señor es la fiesta de la manifestación de Dios “a los que vienen de lejos”. Y se convierte, de alguna manera, en la expresión misma de la esencia del Evangelio y el modelo de la pastoral de la Iglesia. En el Evangelio descubrimos cómo Jesús no viene para conservar a los que ya están dentro, sino a buscar a los que están lejos, están fuera. Come con los pecadores y se atreve a decir que “habrá fiesta en el cielo por un pecador que se convierte”.

La primera lectura de Isaías nos dice: “Tus hijos vienen de lejos.” Mientras los de cerca ya se creen con la verdad en el bolsillo, no se enteran de que Él ha nacido y está ahí, pero “son precisamente los de lejos” los que se ponen en camino para adorarle y rendirle tributo.

Un verdadero ejemplo de pastoral para la Iglesia. Una Iglesia que se entretiene y gasta sus energías en calentar a los que ya están dentro y pierde de vista a los que están lejos y no conocen a Dios ni se interesan por Él. Para nadie es un secreto que las mayores energías de la Iglesia se gastan en atender a los de dentro, a los que ya han conocido a Dios. A esos dedica lo mejor que tiene y las mayores atenciones. La prueba la tenemos a la vista. Mientras en las parroquias de creyentes están la mayor parte de los sacerdotes y religiosos, las zonas alejadas y abandonadas apenas cuentan con una mínima parte de su personal.

La Epifanía es mucho más que la Cabalgata de Reyes con regalos a los que ya les sobran los regalos. La Epifanía es la celebración de los que aún están lejos y se ponen en camino en búsqueda del encuentro con el recién nacido.

Las comunidades parroquiales viven demasiado encerradas en sí mismas, saturadas de servicios y de atenciones. En la Iglesia se da lo del rico Epulón del Evangelio, que mientras él banquetea espléndidamente, afuera tras su portón el mendigo Lázaro reclama las migajas que caen de su mesa y nadie se las da.

Si comparamos el número de misioneros que se dedican a las misiones y el número de los que se dedican a conservar y calentar a los que ya han conocido el Evangelio, veremos que hay una gran desproporción. Mientras unos ya están saturados y hasta aburridos y no saben valorar lo que tienen, otros están a la espera de que alguien llegue y les pueda señalar el camino de Dios. La Iglesia no está para encerrarse con los que ya están en casa, sino para buscar a los que están fuera, a los que están lejos.

Tu camino y tu estrella

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Cada uno tiene su camino personal para llegar a Dios. No se trata de decir cuál es el mejor de los caminos porque el mejor camino para ti, es el tuyo, no el mío ni el de tus amigos.

Es un camino personal que, además, sólo tú puedes andar y recorrer. Nadie caminará por él. Cuando decimos que “Jesús es el camino” estamos diciendo una gran verdad, pero la manera cómo cada uno vive su experiencia de Jesús es diferente.

No quieras imitar a los demás. Descubre tu propio camino. ¿Que fulanito tiene tal devoción? Está muy bien, y hasta es posible que a mí no me diga nada. Pero es su camino. No tratemos de imponer a los demás nuestra propia espiritualidad. Somos únicos delante de Dios y para Dios.

Por eso, también cada uno tiene su propia estrella. Unos descubrimos a Dios de una manera y otros de otra manera o estilo. Lo importante será que cada uno reconozca las señales que Dios va poniendo en nuestro propio camino. Esas señales serán las que a ti te guíen hasta el portal, hasta el corazón de Dios.

La Madre Teresa tenía en los más pobres la estrella que le marcaba su propio camino. Otros podrán descubrir que su camino es el servicio a los enfermos, a los ancianos, a los maltratados, a los niños de la calle o, simplemente, puede que tu estrella sea tu propia esposa o tu esposo, a quien tienes que amar y ayudar.

Recuerdo a aquella señora que un día me decía: “A mí Dios no me pide grandes cosas. Sólo me pide que ame a mis nietos huérfanos a los que tengo que querer como si fuesen mis propios hijos”. Para ella, su estrella eran sus nietos, a través de ellos descubría la voluntad de Dios sobre su vida. Hasta es posible que los nietos jamás hayan descubierto que ellos fueron para la abuela la estrella que guiaba su camino de santidad.

“Mi Dios”, no; “Nuestro Dios”

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El sentido de propiedad no está solo en querer nuestras las cosas, también suele extenderse a Dios. Cada uno piensa en “mi Dios”, el mío, el que es de mi propiedad. Dios no se deja poseer por nadie. Dios no es propiedad de nadie. Dios es propiedad de todos. Cada vez que nos queremos adueñarnos de Él, terminamos por quedarnos sin Dios.

Esa fue la experiencia de Israel. Dios le había escogido como su pueblo e Israel se había adueñado de Él. En aquella cultura, se entiende, cada pueblo tenía su Dios protector. Israel tenía el suyo y por más que los profetas tratasen de presentar el universalismo de la salvación, el pueblo seguía con la mentalidad de que Dios era para ellos y para nadie más.

No es que hoy lleguemos a ese nacionalismo de Dios, pero es posible que lleguemos al “individualismo”. El Dios para los buenos. El Dios para los que van a Misa. El Dios para los creyentes. Dios no se deja atrapar. La primera manifestación de Jesús es precisamente para los pueblos gentiles, en la persona de estos personajes misteriosos que conocemos con el nombre de Reyes Magos. Mientras en Jerusalén nadie se da por enterado, los de lejos vienen a buscarlo y él se manifiesta a ellos.

Los buenos no tenemos derecho alguno de apropiarnos de Dios. Nuestro único derecho es que si nosotros ya le hemos conocido lo demos a conocer a los demás.

Los buenos no tenemos derecho alguno de hacernos dueños de Dios. Que también los malos tienen derecho a conocerlo y amarlo y sentirse amados por Él.

Los buenos no tenemos derecho alguno a reclamar todos los servicios para nosotros, cuando a la inmensa mayoría nadie le presta atención. Dios no es singular. Dios es plural. Dios es trinitario. Su manifestación y revelación tampoco puede ser singular e individualista, sino universal, tiene que abarcar a la humanidad.

Mi Dios es el Dios de todos los hombres, buenos y malos, cercanos o lejanos. Si en el orden económico hablamos de justicia distributiva, en el orden de la fe tendremos que hablar también de la justicia distributiva de los servicios eclesiales.

“Que también los gentiles son coherederos”

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Es lo que nos dice Pablo en la segunda Lectura. “Que también los gentiles con coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de Jesucristo, por el Evangelio”.

La Epifanía es la manifestación de Dios a los gentiles, a los que están lejos, a los que aún no conocen a Dios. El Dios de la Epifanía no es un Dios de los “pocos”, sino de los “muchos”, de “todos”.

Sería triste y pobre que Jesús se encarnara solo para el grupito de los buenos que ya están hartos de todo. La Encarnación es la manifestación universal de Dios a la humanidad, es la revelación de Dios no solo a los judíos de siempre, sino a los gentiles que nunca han tenido la manifestación revelada de Dios y que también ellos son de los llamados, también ellos, dice Pablo, son “coherederos y miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa”.

Lo cual nos está diciendo que la Iglesia está, precisamente, no al servicio de los de siempre, sino al servicio de los otros. En la Iglesia puede que se esté dando lo que sucede también en la economía de los países. Mientras unos pocos, el 5% tiene el 90% de toda la riqueza, el 90% de la población solo dispone del 5% de toda la riqueza del mundo. ¿Acaso no es también ésta la misma realidad de la Iglesia en el plan misionero y apostólico?

La Epifanía nos hace un llamado de atención. “Los gentiles tienen los mismos derechos que nosotros”. Pero nosotros preferimos la comodidades de una minoría, a la atención misionera de la mayoría. Seamos sinceros, ¿cuántos vienen a Misa en la Parroquia? Escasamente unos tres mil. ¿Y cuántos son los que no pisan la Parroquia? Posiblemente más de las tres cuartas partes. ¿Es esto lo que quiere el Señor de nosotros?

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