Hoja Parroquial

Domingo 8 – C | La viga en el ojo propio

Domingo, 24 de febrero del 2022

Entre “vigas” y “motas”

vigas y motas

Jesús tenía toda la razón, siempre es más fácil ver lo malo de los demás que el propio. Tenemos estupenda vista para ver el polvo que hay en el otro que toda una viga que nos aplasta en nosotros. Somos especialistas en ver los defectos de los demás que los propios. Por eso también sabemos disculparnos mejor a nosotros que a los demás. Con los demás somos exigentes, tajantes, poco comprensivos. Mientras tanto, ¡qué fácilmente nos disculpamos a nosotros!

La mejor manera de vernos será siempre comenzar por uno mismo. Aprender a leer nuestro corazón porque solo cuando leemos nuestro corazón aprendemos a leer el corazón de los demás.

Maridos: Aprended a ver lo bueno y lo malo que lleváis dentro y veréis mucho mejor el corazón de vuestras esposas.

Esposas: Primero miraos por dentro a vosotras y veréis que veis más limpio el corazón de vuestros esposos.

Padres: Aprended a escuchar vuestro corazón, y de seguro que escucharéis mejor el corazón de vuestros hijos.

Hijos: El día que sepáis ver con claridad vuestro corazón os será mucho más fácil interpretar el corazón de vuestros padres.

Quien no sabe mirarse a sí mismo difícilmente podrá mirar a los demás. Quien no sabe juzgarse a sí mismo cómo pretenderá juzgar a los demás. No olvidemos aquello que dijo Jesús: “Juzgad a los demás como queréis ser juzgados”. Medir a los demás con la misma medida con que nos solemos medir a nosotros. No hay dos medidas: la propia y la que mide a los otros.

No olvidemos que la medida con que nos medimos los unos a los otros es el corazón. El corazón mide con la verdad, pero también con la comprensión, con la bondad, con el perdón. Pero para ello necesitamos un corazón limpio, un corazón con amor. No hay mejor medida para valorarnos a nosotros mismos que la manera que tenemos de valorar a los demás.

Quien piensa bien del otro, pensará bien de sí mismo.
Quien disculpa al otro, sabrá disculparse a sí mismo.
Quien perdona al otro, terminará perdonándose a sí mismo.
Quien sabe amar al otro, sabrá amarse a sí mismo.

“No juzguéis, no condenéis”

condenar al prójimo

Leyendo el Evangelio de hoy tendremos que decir que, hay momentos en los que el “no” es preferible al “sí”. Jesús es bien claro. “no juzguéis”, “no condenéis”. Hablamos mucho de la falta de confianza en el poder judicial. Es posible que tengamos razón. Pero, ¿tendremos razón nosotros para hacernos jueces de los demás? ¿Tendremos razón cuando en nuestro corazón y con nuestro pensamiento y con nuestra lengua “condenamos a los demás”?

Los juicios del poder judicial, decimos, no nos inspiran confianza. ¿Y nuestros juicios sí pueden inspirar confianza? Puede que los juicios y condenas del poder judicial no siempre se atengan a las leyes, pero nuestros juicios sobre los demás se atienen a nuestra falta de amor, son un problema de amor y de corazón.

Son muchos los juicios que se ventilan en el poder judicial, pero son muchos más los juicios que cada día se ventilan en la calle, en el hogar, en las reuniones de amigos, en las peluquerías y en los centros de trabajo. En el fondo todos nos sentimos con la capacidad de ser jueces de los demás. La gran diferencia está que en el poder judicial se lleva a cabo todo un proceso y con abogados defensores. ¿Cuál es nuestro proceso cuando juzgamos y condenamos a los otros? ¿Y qué abogado tienen para defenderse a nuestros juicios?

Los jueces que juzgan son juzgados por la sociedad, pero a los que nos hacemos jueces y juzgamos a todo el mundo, nos va a juzgar el Señor. “No juzguéis y no seréis juzgados”. “No condenéis y no seréis condenados”. “La medida que uséis la usarán con vosotros”.

Los juicios y las condenas que nacen del corazón humano van apolillando por dentro nuestras vidas y la vida de la sociedad. La murmuración y la chismografía se parecen mucho a lo que hacen los topos en los prados. Hacen cuevas por dentro y levantan montículos en la hierba. La crítica y la murmuración también van minando por dentro la convivencia y la armonía de la sociedad.

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