Hoja Parroquial

Domingo 31 – C | Zaqueo y Jesús

Domingo, 30 de octubre del 2022

¿Cristaleras o muros de cemento?

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En las Iglesias hay demasiadas cosas, hay ventanales que dejan pasar la luz y hay muros que impiden ver la luz. Por algo aquella madre explicaba a su hijo que “los santos son los que dejan pasar la luz” y le mostraba las vidrieras de la Catedral.

Uno de los problemas de todos los creyentes y de toda la Iglesia está en si dejamos pasar la luz o más bien somos muros que impedimos la luz.

El relato evangélico de Zaqueo resulta sumamente bello y hermoso. Él “trataba de distinguir quién era Jesús”, pero “la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura”. Entonces se vio precisado a encaramarse en un árbol en el camino por donde sabía que Jesús iba a pasar.

Se trata de toda una crítica a la institución religiosa, toda ella cargada de leyes humanas que escondían el verdadero rostro de Dios. Los que entraban en la institución se sentían hundidos en la multiplicidad de leyes. La institución religiosa de Israel hablaba mucho de Dios, pero a la vez lo escondía, impedía verlo.

A mí no me preocupa mucho cuando se ataca a la Iglesia desde fuera. No me preocupa mucho cuando se dice “yo no creo en la Iglesia”, pero me duele y lastima el corazón cuando escucho decir “yo creo en Jesús pero no en la Iglesia”. ¿No nos están diciendo con ello que la Iglesia se ha convertido en muro, ha dejado de ser ventanal y está impidiendo pasar la luz de Jesús?

La Encíclica “Mistici Corporis” de Pío XII despertó en todos nosotros algo que se está volviendo a apagar. Lo que yo haga repercute en toda la Iglesia. Mi santidad hace más santa a la Iglesia y mi pecado hace más pecadora a la Iglesia. En el fondo, venía a decirnos que cada uno de nosotros es oscuro o  transparente. O somos ventanas que dejamos pasar la luz que nos revela a Cristo, o somos muros de cemento que impedimos que pase esa luz.

Es posible que muchos de los que hoy “tratan de distinguir a Cristo” tengan que subirse a algún árbol o por encima de la institución, porque sienten que ésta tiene muros muy altos y superan nuestra pequeñez. No criticamos nada, sencillamente tratamos de afrontar nuestra verdad. Se trata de preguntarnos con sinceridad: ¿Somos ventanas que dejan pasar la luz o somos muros de cemento que lo impiden? No basta limpiar los muros para que luzcan las paredes. ¿No tendremos que tirar muchos muros y abrir ventanales más grandes para que pase la luz del rostro de Jesús?

¿Dónde está Dios?

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Es una de las preguntas que hoy nos hacemos todos cuando algo sucede mal. ¿Dónde está Dios en la pandemia del Covid19? ¿Dónde está Dios en la guerra entre Rusia y Ucrania? ¿Dónde está Dios cuando un alumno de la escuela entra y dispara contra todos y mata a sus compañeros y profesores? ¿Dónde está Dios cuando quedo embarazada si aún soy una adolescente? ¿Dónde está Dios cuando el hijo se estrelló con su carro a últimas horas de la madrugada?

¿Quieres saber dónde está de verdad? Pues mira.

Nosotros hemos retirado de todas las oficinas la imagen de Dios. No es conveniente dar signos de la confesión de nuestra fe. Por tanto, nosotros lo hemos sacado de nuestras oficinas. ¿Por qué preguntamos ahora dónde está? Dime, ¿a dónde lo has tirado?

¿No hemos decidido retirar todo signo religioso de las escuelas? ¿Y no estuvimos todos conformes? A los chicos no podemos traumarlos con la religión, hay que dejarlos que hagan lo que les venga en gana. ¿Y preguntamos ahora dónde está Dios en las escuelas? ¿Ya hemos olvidado que nosotros los retiramos?

¿No hemos decidido que los jóvenes vivan en libertad, sin moral, para que no deformemos su personalidad? ¿Y ahora preguntamos dónde está Dios cuando esa adolescente ha quedado embarazada? Pues está allí a donde nosotros todos lo tiramos.

¿No hemos decidido construir una sociedad sin Dios, una sociedad aconfesional, sin signos religiosos, sin prácticas religiosas? Y ahora preguntamos, ¿dónde está en la guerra? Tendremos que ir a buscarlo en el basurero de nuestra cultura.

Retiramos a Dios de la vida y luego cuando algo nos sucede mal, ¿preguntamos dónde está Dios y qué hacía Dios? Lo lógico no es preguntar dónde está Dios, sino dónde estábamos nosotros, porque a Dios lo habíamos sacado de allí, por tanto, no podía estar allí.

“Yo soy lo que Dios dice de mí”

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La frase es de A. Gesche. “Dios me ha salvado, me ha probado a mí mismo. Yo no era, pues, lo que se decía de mí. Yo soy lo que Dios dice de mí”.

De ordinario, tendríamos que decir que “todos somos un poco al revés”. Yo no soy lo que yo pienso de mí. Soy lo que Dios piensa de mí. Yo no soy lo que los demás dicen de mí. Soy lo que Dios dice de mí. Yo no soy lo que yo hago. Soy lo que Dios hace en mí.

Los demás me ven desde lejos, me ven desde fuera, Dios me ve desde dentro. Los demás me ven desde lo que yo hago, Dios me ve desde lo que Él hace en mí.

Tal vez los demás ven en mí la historia de mis debilidades y de mis pecados, mientras que Dios va viendo y descubriendo la historia de la gracia y de la salvación que Él va realizando en mí.

Es un cambio de perspectiva, es un cambio de ángulo de visión. Tal vez tu mayor pecado no sean las cosas que haces, sino el no saber verte con los ojos de Dios. Tal vez nuestro mayor pecado es vernos desde lo que los demás dicen de nosotros, en vez de vernos desde lo que Dios piensa y dice de nosotros.

¿Dónde está el problema? En que escuchamos más lo que dicen los otros que lo que Dios dice de nosotros. Crecerá nuestra autoestima en la medida en que escuchemos la palabra de Dios sobre nosotros, en la medida en que sintamos más lo que Él piensa y dice sobre nosotros.

El verdadero rostro de Dios

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El Libro de la Sabiduría que hemos leído en la segunda Lectura es toda una fotografía que Dios hace de sí mismo. Más que comentario, mejor la volvemos a leer:

“Pero te complaces de todos, porque todo lo puedes,
cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.
Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho.
Si hubieras odiado alguna cosa, no la hubieras creado.
¿Cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?
¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieras llamado?
A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.
Todos llevan tu soplo incorruptible.
Corriges poco a poco a los que caen,
Les recuerdas sus pecados y los reprendes,
Para que se conviertan y crean en ti, Señor”. (Sab. 11,23-12.2)

Recuerda los siguientes verbos: “complacerse”, “cerrar los ojos”, “arrepentimiento”. “amas a todos” “no odias nada”. “A todos perdonas”, “son tuyos”, “llevan tu espíritu”, “corriges poco a poco”, “reprendes” “para que se arrepientan”. ¿Estás seguro de que el Dios en el que dices creer es realmente así? ¿Qué verbos le pondrías a ese tu Dios? Toma una hoja de papel y escribe los verbos que revelan la verdad del Dios de tu fe.

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